Separando las familias en la frontera, nos encontramos a nosotros mismos…

Dr. Francisco Jose González
 

González muestra un contexto brutal y de larga data para los actuales ataques de la Administración Americana que fracturan y atacan destructivamente las familias y los niños.

0
Comments
448
Read

[Los americanos] creen en un universo de justicia divina donde la raza humana es culpable de pecar, pero ellos creen también en una justicia secular en la que se presupone  que los seres humanos son inocentes. No puedes tener ambos. ¿Sabes cómo los Americanos enfrentan esto? Fingen que son eternamente inocentes, no importa cuántas veces pierdan su inocencia. El problema es que aquellos que insisten en su inocencia creen que todo lo que hacen es justo. Al menos los que creemos en nuestra propia culpa conocemos
las cosas oscuras que podemos hacer.
De The Sympathizer, de Viet Thanh Nguyen (p.189)

No puedo recordar qué trajo a mi cabeza, una mañana en que por otro lado evoco como un período tranquilo de mi análisis, el miedo a los tornados que tuve durante un tiempo en mi niñez. Me doy cuenta de que era un miedo íntimamente relacionado con otro: el miedo a los comunistas, entidades que comprendía aún menos que los tornados, pero que yo sabía que tenían algo que ver con el porqué mi familia había dejado Cuba un par de años antes y venido a vivir con mi tía. Tati, como la llamábamos, había dejado el país quizás un año antes, siguiendo el sendero de  su marido, en el casco de un bote de carga que simulaba transportar bananas, pero abarrotado sin embargo de otros refugiados, como secuela de la revolución. Yo tenía miedo de que los comunistas – quienquiera que fueran esos extraños seres – me llevaran lejos de mi familia, aparentemente como los vientos violentos del tornado de Texas que según cuentan las historias arrancó los techos de las casas de un pueblo vecino, y que había arrastrado al vacío animales pequeños y hasta una  vaca.

El miedo que experimenté en la hora analítica fue diferente a otras ansiedades más definidas que conocía y las intensificó. Éste miedo fue una atmósfera difusa, densa, opresiva. La especificidad de la “amenaza roja” de mi infancia se había disipado hace largo tiempo, pero lo que claramente no se diluyó – y sólo ahora se volvía nombrable, aunque la sentí muchas veces previamente ante la visión de guardias de frontera uniformados, aunque amigables, de las fronteras internacionales – era un temor a ese gran objeto demasiado  poco discutido en nuestras teorías: el Estado. Cuando esto se convirtió en el foco, otra ola de sentimientos comenzó a levantarse por debajo, un océano terrible de pesadumbre. Sentí que esta marea surgía conscientemente por primera vez, cerca de medio año antes, ante la proyección de una película cuyo título recuerdo como “Havana Sonata” (“Sonata de Habana”). A través de historias convergentes, la película  retrata la lucha entre aquellos que se quedan y los que se van; casi sin usar diálogo, la película es un montaje escalonado de escenas de la ciudad en la que nací y donde viví hasta mi tercer cumpleaños. El punto culminante que recuerdo involucra un hombre ambivalente que finalmente elige emigrar: hay una escena en el aeropuerto de la Habana, nítido en mi memoria por cuando iba de regreso. Allí los pasajeros salientes son separados por un  tabique de vidrio de aquellos que se quedan. Aunque transparente, ese vidrio teñido de verde es para mí un abismo cristalino. Mientras en el film se acumulaban las imágenes, sentí la misma oleada creciente de pena abrumadora que sentía ahora en mi análisis. En la película dejé a mis amigos – repentinamente, sin explicación – y corrí literalmente a mi auto, donde, en el encierro de un oscuro estacionamiento, me quebré violenta, incontrolablemente. Lo mismo ahora, en el análisis. Aquí sin embargo, acompañado y con tiempo, pude finalmente narrar el desmoronamiento que ya había pasado, más de medio siglo antes, a aquel chico que fue separado de su amada niñera, Laude.

La mía es una pequeña historia: mis padres cruzaron la separación de vidrio conmigo y me contuvieron en la ruptura. Laude era amada, pero no era mi madre. Y sin embargo ese vidrio teñido de verde cortó algo, indeleblemente, en mi mente, que aún me marca. Quizás es un recuerdo encubridor, una condensación de la ondulante complejidad que el trauma de dejar Cuba ha sido para mí y para mi familia.

¿Qué pasa entonces con los niños que no tienen esos amortiguadores, que son arrancados de sus padres, que no tienen ningún puente para llenar el vacío que queda como secuela de la separación por el brazo del Estado? “Las fronteras se han afilado más y más como la hoja de una guillotina,” escribió el poeta Patrick Chamoiseau: [1]  

Alrededor suyo, aquéllos que acuden como humanos hacia otros humanos, cuyo único crimen es ser humano y clamar a sus hermanos y hermanas desde las profundidades de un sufrimiento muy humano, se encuentran enfrentados con sistemas que ya no saben cómo reconocer a un ser humano.

La administración Trump comenzó a considerar la separación de las familias a partir de marzo de 2017 [2]  Pero el fiscal General Jeff Sessions comenzó la estrategia efectivamente en Mayo de 2018, cuando anunció la  política de “tolerancia cero” en el enjuiciamiento criminal de aquellos que intentaran cruzar la frontera ilegalmente (sin importar que buscar asilo no es un crimen). Para el 9 de junio más de 2.300 niños fueron separados de sus padres. [3] La política fue en parte una bravuconada complaciente a una base xenófoba hambrienta, en parte un gambito maquiavélico para una parte importante del Congreso, pero fue totalmente carente de cuidado humano, manifiestamente cruel. No es necesario documentar en estas páginas el daño que un trauma así puede causar a una mente en desarrollo. El clamor público fue fuerte y rápido. En Junio, una encuesta de la Universidad de Quinnipiac mostró que los dos tercios de los votantes estaban en desacuerdo con la política. [4] Una vez más luchamos para asimilar la barbaridad del Estado de Trump. Y lamentamos en qué se ha convertido la nación. Alrededor de diciembre de 2017, el senador Kamala Harris posteó en su Facebook un comentario que muchos pensaban: “Es en momentos como este que debemos mirarnos en el espejo y preguntarnos: ¿quiénes somos como país?”

¿Quiénes en efecto?

El inmigrante, el “extranjero”, el otro, problematiza siempre la supuesta identidad íntegra del “nativo”. Desde hace mucho las observaciones nos lo dicen, y el espejo del psicoanálisis nos muestra cuán extranjeros somos de nosotros mismos; siempre revela al extraño que subyace bajo la ilusión de mismidad.

Es sólo cuestión de tiempo, entonces, antes que aparezcan en la prensa una serie de artículos acerca de la larga historia de separaciones familiares en la política de U.S.A. [5] La aniquilación de las familias negras bajo la esclavitud, cuando los niños podían ser vendidos, mera propiedad, separados de sus padres, el Estado sordo y ciego deliberadamente a cualquier lazo de parentesco. O la asimilación forzada de los niños Americanos Nativos, a menudo tomados de sus familias por la fuerza, después de que el Congreso aprobó el Acta de Consolidación de la Civilización (Civilization Fund Act) en 1819, que intentaba “civilizarlos” de acuerdo con la fórmula del oficial fundador del ejército Richard Pratt: “Matar al indio en ellos, y salvar al hombre.” [6] O de nuevo, durante la así llamada Repatriación Mexicana de 1930, cuando en los albores  de la Gran Depresión, los mejicanos y mejicano-americanos que vivían en los estado Unidos (y en gran parte ciudadanos) fueron presionados para volver a Méjico, separando muchas familias. [7] Esto para no contar los campos de internación japoneses, que no separaban sistemáticamente a las familias, pero sistemáticamente las recluían, reflejando el miedo a una amenaza extranjera que debe ser segregada para que no contamine. [8] O – yo lo experimenté más directamente trabajando en salud mental comunitaria – la desproporcionada expulsión de sus hogares de niños pobres de color por las agencias de ayuda social, trabajando sin dudas con la mejor intención de proteger, pero ocasionalmente inmersas en el legalismo retorcido de un sistema ensombrecido por los prejuicios raciales y la incomprensión cultural .[9]   

En síntesis, “nosotros” hemos separado familias, por conveniencias políticas o económicas, hace bastante tiempo. Menos aberración, y más el extraño fruto de una historia problemática y disociada (como mucho de lo que ha emanado de esta problemática y profundamente problematizada administración a lo largo de los 20 meses pasados), la separación de las familias no es en realidad nada nuevo.

Considerémoslo desde el observatorio del psicoanálisis social. Por esto quiero significar no sólo una nueva rama del psicoanálisis que se niega a considerar una persona sin tomar en cuenta su contexto social, [10] sino que también puede leer en el sufrimiento privado de una persona los síntomas de una enfermedad social. Es un psicoanálisis que ubica al inconsciente no sólo en la vida reprimida del sujeto sino también intensamente en las historias estructurales a las cuales ese individuo está literalmente sujeto, en las “patologías del poder”. [11] Esto significa ir más allá en la evaluación del daño hecho – quizás en las generaciones venideras – a las familias separadas en la frontera, a la espinosa cuestión de qué significa para el colectivo Americano que hayamos separado familias repetidamente en nuestra historia. 

La sangre, afirma el dicho, es más espesa que el agua. Pero los lazos de parentesco son legitimados por el Estado (considerar herencia, mestizaje, matrimonio gay). Si la frontera delimita materialmenteel territorio de nosotros como ciudadanos, el reconocimiento por el Estado de lo que constituye un lazo familiar inviolable define un  tipo diferente de frontera. La separación sistemática de familias como tema de la política no ha sido indiscriminado, la guillotina de la frontera no cayó en cualquier tipo de familia. ¿Será mera coincidencia que esta dolorosa historia es la historia de las familias negras esclavas, de los Americanos Nativos, familias mejicanas y asiáticas? [12] El movilizador grito de la supremacía  blanca de “sangre y tierra” honra solo una consanguinidad específica, y denigra al resto. ¿No está el fantasma pernicioso evocando la mitología inconsciente de las familias blancas? ¿Una que oculta y busca borrar las razas en las que realmente está basada la historia americana, y desde su más temprano comienzo, en un multiculturalismo profundo, que desde su origen siempre fue políglota e interpenetrada por el mestizaje, que ha surgido de los inmigrantes, y que fue siempre, desde el principio de los Estados Unidos de América, empapado por la sangre de los que no eran blancos? Denunciar esta historia es para honrar una genealogía diferente a la blancura mitológica de Leave-It-To-Beaver America (serie de la televisión americana). 

Visto desde esta perspectiva, las separaciones recientes en la frontera no son solo un horror para aquellas familias directamente afectadas, son el retorno de un pasado disociado. Son un síntoma – ese mensajero doloroso – de cómo hemos considerado irrelevantes e intrascendentes algunos lazos familiares, y, precisamente por este motivo, trazado un límite claro alrededor de esos lazos que consideramos inviolables, sagrados e indisociables en una fantasía colectiva de la familia Americana mitológica. Esto es lo que nos ayuda a ver el psicoanálisis social: la historia detrás del síntoma actual y cómo la disociación de esa historia sirve para sostener una identidad colectiva particular. Nos ayuda ampliar el objetivo, pero con esta perspectiva más amplia  llega una enorme complejidad y una multitud de preguntas muy difíciles. Debemos considerar nuestra relación con la identidad colectiva y qué de ella llevamos dentro nuestro, a menudo no muy conscientemente: ¿cuál es la profundidad y cuáles los límites de responsabilidad por conscientizar y por soportar la carga de una herencia colectiva? El psicoanálisis no nos permitirá descansar en la idealización o la denigración reaccionarias. Podemos aspirar a una familia armoniosa global, pero el psicoanálisis nos compele a pensar acerca de la complejidad de lo que sucede en cada frontera, incluso en aquellas organizadas por el Estado, como la inquieta zona de delimitación entre el adentro y el afuera. Cuando oigo los llantos de los niños separados en la frontera, es el pensamiento del psicoanálisis social el que aumenta mi conmoción. No solo por mi identificación con esos niños o mi comprensión del trauma y sus efectos perjudiciales, o por un refinado sentido de empatía nacido de mi labor cotidiana en esta práctica, sino también porque no me permite atribuir esta práctica indefendible simplemente a la brutal actualidad de una administración.

El psicoanálisis social nos impulsa a actuar, como hicieron muchos psicoanalistas: aprendiendo a hacer evaluaciones psiquiátricas, expresando protestas profesionales acerca del daño psicológico de las separaciones de las familias, trabajando con las familias y las comunidades afectadas. Pero, como el psicoanálisis tradicional, estamos obligados a hablar de lo que no es admitido o reconocido, abrir las dificultades de la historia, empujar el horizonte del cuestionamiento y la investigación sobre la rigidez del conocimiento con certidumbre vehemente. Tan horribles como fueron las separaciones recientes de las familias (y continúan siendo: muchos niños aún no se han reunido con sus familias), debemos mirar más profundamente las historias que podríamos olvidar, en vez de las maquinaciones draconianas de la administración actual.
 
 
[1]  Chamoiseau, P. (2018). Migrant Brothers: A Poet’s Declaration of Human Dignity. Yale University Press, p. xiv.  
[3] Kim, S. M. June 19, 2018. “7 questions about the family-separation policy, answered.” Washington Post. https://www.washingtonpost.com/politics/q-and-a-understanding-the-controversy-over-separating-families-at-the-border/2018/06/19/8a61664a-73fb-11e8-be2f-d40578877b7b_story.html?noredirect=on&utm_term=.822ccc84001b
 [4] June 18, 2018 - Stop Taking The Kids, 66 Percent Of U.S. Voters Say, Quinnipiac University National Poll Finds. https://poll.qu.edu/national/release-detail?ReleaseID=2550
[5] See for example: Contreras, R., June 20, 2018. “Other times in history when the U.S. separated families.” Chicago Tribunehttp://www.chicagotribune.com/news/nationworld/ct-family-separation-history-20180620-story.html ; White, B. S., June 25, 2018. “Our Long History of Family Separation.” The Aspen Institute. https://www.aspeninstitute.org/blog-posts/our-long-history-of-family-separation/ ; Kaur, H., June 24, 2018. “Actually, the US has a long history of separating families. CNN. https://www.cnn.com/2018/06/24/us/us-long-history-of-separating-families-trnd/index.html
[6] Bear, C., May 12, 2008. “American Indian Boarding Schools Haunt Many.” NPR. https://www.npr.org/templates/story/story.php?storyId=16516865
[7] Gross, T., September 10, 2015. “America’s Forgotten History Of Mexican-American ‘Repatriation’: Interview with Francisco Balderrama.” Fresh Air. https://www.npr.org/2015/09/10/439114563/americas-forgotten-history-of-mexican-american-repatriation
[8]  Takei, G., June 19, 2018. “’At Least During the Internment …’ Are Words I Thought I’d Never Utter.” Foreign Policy. https://foreignpolicy.com/2018/06/19/at-least-during-the-internment-are-words-i-thought-id-never-utter-family-separation-children-border/
[9]  Racial Disproportionality and Disparity in Child Welfare. November 2016. Child Welfare Information Gateway. https://www.childwelfare.gov/pubPDFs/racial_disproportionality.pdf
[10]  Layton L. (2006). Attacks on Linking. In: Layton L, Hollander NC, Gutwill S, editors. Psychoanalysis, Class and Politics: Encounters in the Clinical Setting. New York: Routledge.
[11]  Farmer, P. (2004). Pathologies of Power. Berkeley: Univ of California Press.
[12]  Even immigration laws explicitly privileging family ties have a more complicated history as they were used to establish the quota system which restricted or prohibited immigration by many people of color. See Wolgin, P. E., February 12, 2018. “Family Reunification Is the Bedrock of U.S. Immigration Policy,” Center for American Progress. https://www.americanprogress.org/issues/immigration/news/2018/02/12/446402/family-reunification-bedrock-u-s-immigration-policy/

Traducido por Silvia M. Koziol 
 

Star Rating

12345
Current rating: 0 (0 ratings)

Comments

*You must be logged in with your IPA login to leave a comment.