Lo mismo, lo otro y lo diferente

Prof. Catherine Chabert
 

La palabra en análisis da testimonio de los límites entre yo y objeto, del encuentro de lo familiar y de lo ajeno, paro también de lo masculino y de lo femenino.

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La cuestión de la identidad constituye hoy una problemática central, y las diferentes perspectivas vinculadas a ella permiten desplegar configuraciones plurales, a veces contradictorias, incluso paradójicas. ¿De qué  manera el psicoanálisis puede  contribuir al examen de esta problemática fundamental tanto a nivel de lo individual como de lo colectivo?

Se trata en principio de profundizar y analizar el devenir de un principio esencial del psicoanálisis, que ubica la diferencia de los sexos en el fundamento de la psiquis y en su dinámica, en su intimidad más absoluta.  Se trata de deshacer tendencias que sitúan demasiado concretamente la sexualidad en la realidad de los compromisos relacionales de su práctica, y olvidan sus componentes psíquicos e inconscientes, descuidando su eficacia, incluso la violencia, de los conflictos internos que fomenta. Estas mismas inflexiones determinan corrientes de pensamiento, sostenidas por una evolución de la clínica y de la psicopatología que daría cuenta de cambios esenciales en la actualidad del psicoanálisis que se encaminan en el sentido de un aumento de los sufrimientos narcisistas y depresivos reunidos bajo el término “trastornos de identidad”.

La teoría y el método psicoanalíticos requerirían cambios, algunos radicales, ubicando en primer plano el período inicial, el de las relaciones precoces, y sus avatares. Respecto de esto, ha surgido cierta confusión en la concepción de lo “arcaico” por no tener suficientemente en cuenta, la regresión, por una parte, y por la otra, el a posteriori, lo que condujo a diluir la diferencia en la alteridad. Si en efecto, las problemáticas de límites y los estados que las estigmatizan, se definen por la precariedad de las fronteras entre adentro y afuera, por una porosidad de las envolturas que expone a las intrusiones, a las proyecciones y a la mezcla, entonces lo esencial del interés y de la escucha analítica se focaliza en la diferenciación entre yo y otro, entre sujeto y objeto, sin que esta última terminología sea claramente precisada. La confusión de tiempos, tan apreciada en la corriente del análisis cuando se la entiende como producto de la transferencia, pierde su dinámica y queda reducida a puntos de fijación tomados en una temporalidad cronológica. El otro, entonces, viene a representar lo que no soy yo, el exterior, la persona fraterna o el extraño, identificado como un “no-yo” cuya parte sexual es borrada. En cierta forma, la diferencia de los sexos deviene secundaria, puesta en segundo plano y, con ella, se aleja su portavoz más conocido, pero también trivializado y, por lo tanto, el más deformado, a saber, el Complejo de Edipo.

Como refuerzo de esta tendencia, presente en el interior del psicoanálisis, los numerosos trabajos sobre el narcisismo y las depresiones condenan frecuentemente un enfoque demasiado centrado en la sexualidad que descuidaría la contribución esencial de los primeros tiempos de la vida, movimiento que resuena curiosamente con las presiones culturales. A partir de esas transformaciones del campo clínico- que podemos suponer estrechamente ligadas a la ampliación de las indicaciones del psicoanálisis-llegamos rápidamente a la metapsicología freudiana, a la necesidad de denunciar sus lagunas, a la obligación de completarla o incluso abandonarla a causa de su carácter obsoleto. Como si, por ejemplo, la “liberación sexual” hubiera definitivamente resuelto, no tanto los síntomas como sí sus causas, que desde ahora habría que buscar en un pasado anterior a las palabras.

Al hacerlo, corremos el riesgo de olvidar los dos grandes movimientos que escanden la obra freudiana, ordenados por los dos paradigmas que constituyen la histeria, en el primero, y el narcisismo y la melancolía, en el segundo. Uno, produce la primera tópica y la primera teoría de las pulsiones en la oposición entre pulsiones de autoconservación y pulsiones sexuales, el otro, inicia la segunda tópica y la oposición entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte. El primero sigue la vía del placer, de la satisfacción del deseo y de la cura, el segundo se inscribe en el masoquismo, el dolor, la compulsión a la repetición y el rechazo a la cura. Ningún analista puede negar esta doble vía, y la necesidad de admitir su doble naturaleza, sin excluir una u otra.

Todos los argumentos ya están allí, y también todas las promesas que permiten hoy, a partir de Freud, comprender lo que de la clínica analítica contemporánea podría obligarnos a cambiar nuestras referencias, adoptar una miríada de nuevos conceptos, inventar una nueva lengua psicoanalítica. Sin embargo, ¿Es necesario olvidar los orígenes, las raíces profundas del pensamiento y del método analítico? ¿No podemos apoyarnos en nuestras identificaciones, en las huellas de los objetos perdidos que ellas conservan? Y si las admitimos, si las reconocemos ¿no debemos volver a la cosa sexual, estar atentos a su devenir, a respetar su puesta a prueba?

Podemos seguir un movimiento que, a partir de los excesos narcisistas de la melancolía, busque otras formas de la seducción y del masoquismo, de la actividad y de la pasividad. En efecto, son también los movimientos sexuales los que ordenan esas configuraciones. Y es otra lógica, la de la diferencia que sostiene y afirma, más allá de la alteridad, la existencia y el reconocimiento de objetos internos tomados en las redes de la sexualidad, sean cuales fueren sus registros. El Edipo no se entiende solamente en sus configuraciones más estructurantes: referirse a la diferencia de los sexos y de la las generaciones no significa que éstas sean psíquicamente admitidas sin  vacilar, incluso sin confusión. Esto tampoco quiere decir que nos veamos sistemáticamente confrontados a fijaciones infantiles fusiónales y dependientes, como un infans desamparado siempre en la búsqueda de un otro que le brinde seguridad, sin otra forma de espera que la de las satisfacciones autoconservadoras. Lo infantil es sexual y sigue siéndolo: en los tratamientos de adultos, nunca se limita únicamente a las zonas más complejas de la indiferenciación. Afronta inevitablemente la diferencia de los sexos y de las generaciones, se adapta más o menos: esto no predice en absoluto las elecciones de objetos en la realidad de la vida amorosa. La bisexualidad, esta inmensa construcción freudiana, sigue robusta y sólo se balancea por “un poco más” de lo uno o de lo otro, no implica la confusión de los sexos, señala la existencia de los dos, masculino/femenino y sus configuraciones simultáneamente singulares y plurales.

¿Qué analogías o qué antinomias se descubren en análisis entre lo mismo y lo diferente, por un lado, y lo íntimo y lo ajeno por el otro? De manera algo simple o precipitada, podríamos pensar que lo íntimo atañe a lo único, lo que reúne y se parece en el punto de convergencia más elevado, y reservar lo ajeno a lo diferente, lo que molesta, desconcierta o deslumbra, justamente porque no es igual. La supresión, como tentativa de anulación de lo diferente y empuje hacia lo mismo, encuentra su ilustración más flagrante, justamente, en la anulación de la diferencia de los sexos, la más “visible”, en todo caso. Por el contrario, en la construcción clásica de las fantasías de seducción, en la génesis de la teoría que la sustenta, es la separación, la disimetría la que crea el traumatismo desde la primera teoría freudiana: la diferencia de los sexos y las generaciones ultrajada por el gesto perverso de un padre incestuoso. La condensación paradójica de este fundamento del psicoanálisis ordena el pasaje hacia la fantasía, y su traducción en ficción, y ha encontrado en la edificación del complejo “nuclear” del Edipo, una vía de resolución mediante la instauración de las prohibiciones del incesto y del asesinato: la mezcla cede el paso a la separación.

Otra lógica de la diferencia se impone, junto a la precedente, sin por ello excluirla: cuando se siente envidia, ésta llega en el momento oportuno para denunciar los efectos deletéreos de la idealización y de la negación de las diferencias ya que, a veces, se centra obsesivamente en querer lo que tiene el otro y le falta al yo. El más cercano, el amigo, el hermano, se transforma en el enemigo, ofreciéndose como blanco privilegiado del odio: sus cualidades, en el punto en que revelan aquello que al yo le falta, son fuente de peligro y de amenaza a partir del momento en que sus poderes de seducción se manifiestan. La repulsión, que transforma en perseguidor al otro que difiere, es la compañera fiel de la atracción, y el espanto no está lejos,. El relato bíblico da Abel y Caín abre el abismo de una repetición insondable justamente porque se aleja, aparentemente, de una rivalidad sexual. Sólo aparentemente porque aquello que crea la distancia, la diferencia entre los dos hermanos, es claramente el “un poco más” de amor dado a uno que al otro en una configuración que sigue siendo triangular. Ahora bien, es justamente en la desigualdad del amor, en la parte sustraída, imaginariamente, donde se anuda el odio de la diferencia. ¿Hasta qué punto no descubriríamos entre Abel y Caín, las huellas dejadas por identificaciones sexuales efectivas, uno más femenino que el otro, la víctima inocente y el verdugo?

El encuentro analítico abunda en estas potenciales representaciones: en éste, una intimidad extrema se codea con algo radicalmente extraño, y ese doble movimiento se encarna en ambos partenaires, desplegando, por ello, la división y la confusión de esos dos opuestos. El adentro y el afuera, cuyas múltiples combinaciones son susceptibles de movilizarse precisamente, según los diferentes momentos del análisis, no son suficientes para construir la diferencia en su esencia sexual. Respecto de esto, no pienso que el sexo del analista, como el del analizando/a sea indiferente: no porque se preste a una calificación singular de la transferencia, materna o paterna, definitivamente femenina o masculina –las condensaciones identificatorias están claramente allí para señalar la infinita complejidad del acontecimiento, pero porque algo de lo mismo o de lo diferente se encuentra presenta desde el inicio, algo que no puede encarnarse únicamente en la representación de un otro simplemente definido como viniendo del afuera.

Tal vez, lo íntimo debería permanecer inaccesible, fuera del alcance del oído de un extraño, tal vez no debería salir del perímetro del yo. El efecto de la intimidad no nos pertenece: si bien el movimiento que lo anima se debe sobre todo a un agente pulsional que empuja hacia la expresión de afectos, ella permanece impenetrable como acto de transferencia. Allí hallamos su virtud paradójica: devela secretos y conserva, intacto, el de la intención que la anima. Al hacer esto, en su fuerza constituyente de un ser-con, me parece que participa activamente en la construcción de la historia de un análisis en su singularidad. Esta historia única, creada por los dos, paciente y analista, constituye, desde mi punto de vista, el núcleo de lo íntimo, aquello que nos resulta tan difícil transmitir o comunicar, sin que nos sintamos inmediatamente presas del temor de estar cometiendo una traición. La ficción es entonces la forma más apta para dar testimonio de la experiencia, sin duda porque su estatus aleja la idea de traición. Paradójicamente, permite acercar, no la verdad, pero sí la experiencia en el sentido de lo que se siente, siempre.

La misma paradoja, en efecto, rige el análisis: pensar secretamente es una necesidad para la psiquis; decir todo es una exigencia esencial del método psicoanalítico. ¿Cómo conciliar estas dos exigencias? Es en el entre dos que la intimidad inscribe la apertura de la palabra revelada: ésta implica el reconocimiento del derecho al secreto transgrediéndolo: el límite de las posibilidades de transmisión, la deformación que implica y su naturaleza incompleta eternizan la intimidad y su ineluctable incomunicabilidad. Son esas cualidades las que caracterizan la cosa sexual: la separación afirma que todo no puede ser dicho, que todo no puede ser escuchado, desde el momento en que, más allá de la alteridad, se admite la diferencia entre los hombres y las mujeres.

Traducción: Patricia Suen
 

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