Una teoría de las adicciones

Ps. C. Naly Durand
 

Expone una perspectiva que considera que no es a la sustancia a lo que el sujeto es adicto y explora en cambio, su organización adictiva de base.

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El estudio de las adicciones, por ser un tema de actualidad, convoca a muchas teorías explicativas, dentro y fuera del psicoanálisis. 

La psiquiatría clásica continúa considerándola una conducta patológica tal como la define la Organización Mundial de la Salud: 

La adicción es una enfermedad física, y psicoemocional que crea una dependencia o necesidad hacia una sustancia, actividad o relación.  Se caracteriza por un conjunto de signos y síntomas, en los que se involucran factores biológicos, genéticos, psicológicos y sociales.

Definición que no está muy alejada de la del  Diccionario de la Real Academia Española: 

Adicción significa dependencia de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico. Afición extrema a alguien o a algo

Ya Freud en “El malestar de la cultura” (1930) nos decía sabiamente 

Tal como nos ha sido impuesta la vida nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones, empresas imposibles. Para soportarlas no podemos pasarlas sin lenitivos. Los hay de tres especies: distracciones poderosas que nos hacen pequeña nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas que nos la reducen; narcóticos que nos tornan insensibles a ellas.

A partir de allí las diferentes teorías psicoanalíticas explican las adicciones desde distintas perspectivas, algunas a partir de estructuras de la mente, otras desde sus orígenes en los vínculos parentales, otras teniendo en cuenta los estados mentales.   

La teoría a la que me voy a referir, presenta un enfoque interesante que personalmente me ha resultado muy útil en la clínica, para comprender el funcionamiento mental de una persona adicta.  Ofrece una explicación de lo que ocurre en las personalidades con predisposición a las adicciones, considerando que no es a la sustancia a lo que el sujeto es adicto, sino que tiene una organización adictiva de base. 

Para hacer más comprensible el postulado anterior, es indispensable explicar que la teoría en la que me estoy basando, pone el acento en los estados mentales y considera que coexisten en la mente de los seres humanos diferentes estados: niño, adolescente y adulto, femenino, masculino, activo, pasivo, bondadoso, maligno, etcétera. Todos ellos conviven como diferentes aspectos de la mente, que si bien funcionan en forma simultánea, alternativamente alguno va tomando el comando de la personalidad, debilitando a los otros restantes. 

Teniendo en cuenta esta forma de ver el funcionamiento del estado mental de un adicto, se lo podría definir como un tipo de organización narcisista cuya estructura infantil debilita y puede desplazar la parte adulta de la personalidad; tomando el comando no sólo de la acción a través de la musculatura, sino también de la cosmovisión, a través de la cual se ve el mundo y se estructuran los vínculos.  Esas partes infantiles desprecian la dependencia pero paradojalmente se esclavizan con pasividad a lo destructivo de la adicción. 

Es fundamental para comprender lo contradictorio de esta situación, diferenciar dependencia de pasividad. La pasividad quedaría reservada para un modo patológico de relación que tiene que ver con el sometimiento y la esclavitud a aspectos destructivos de la propia persona. Mientras que la dependencia es una relación basada en la confianza y la seguridad que ofrecen los aspectos protectores internos del self. La dependencia es hacia los protectores mientras que la pasividad lo es hacia los destructores. 

¿Porque una persona se sometería a lo destructivo, si es destructivo? Porque lo que está definido desde el mundo externo, como destructivo, internamente está trastocado, revertido, mas precisamente pervertido. 

En otras palabras, significa que lo malo se presenta como bueno y lo bueno como débil; así la estructura interna de la adicción encuentra su expresión en la perversión de cualquier modo de relación o actividad. La esencia del impulso perverso consiste en alterar lo bueno convirtiéndolo en malo, pero conservando la apariencia de bueno y viceversa. De esta manera el sometimiento a lo destructivo esta encubierto bajo una fachada de ayuda, de protección o de alivio. 

Con lo anteriormente explicado se aclara el postulado inicial, la adicción no es a una sustancia sino que todas y cada una de las experiencias de la vida pueden tornarse adictivas. Ningún aspecto de la existencia del hombre queda librado de semejante esclavitud; ni siquiera los tratamientos psicoanalíticos, ya que como no hay actividad humana que no pueda ser pervertida, tampoco hay actividad humana que no pueda transformarse en adictiva. 

Desde este punto de vista los fenómenos adictivos quedarían conceptualizados como intrínsecos a un funcionamiento perverso de la mente, lo que a su vez estaría vertebrado por el eje del sadomasoquismo. En todas las adicciones el objeto adictivo captura la personalidad en su totalidad y tanto la conducta como los pensamientos giran bajo la égida de dicho objeto. 

La necesidad imperiosa que tiene el adicto, de incrementar la dosis de lo que fuera (para la psiquiatría clásica es llamado estado de dependencia – independencia), desde la perspectiva psicoanalítica la entendemos como un ingreso a un circuito sadomasoquista. Entendiendo dicho circuito de la siguiente manera: coexisten internamente en la persona adicta el mandato a consumir, conjuntamente con la acusación por haber consumido. Mientras que la contrapartida mental es “si consumo me someto al objeto adictivo (polo masoquista) si no consumo someto al objeto adictivo (polo sádico)”. 

Pero como todos sabemos, estos circuitos se cronifican porque la acción en un polo provoca la reacción del polo opuesto; con lo cual la situación se le transforma al adicto en un callejón sin salida en el que queda atrapado. De este modo el consumo (y cuando digo consumir me refiero desde caramelos, cocaína, trabajo, relaciones sexuales etcétera) deviene altamente conflictivo y confusionante. 

Nos encontramos con la paradoja que la persona adicta se siente obligada a consumir y acusada por consumir. Así la perversión adicta se ha transformado en un funcionamiento interno y los factores externos tienen solo una influencia relativa. Esto hace que el objeto externo de la adicción tenga la característica de ser intercambiable por otros, mientras la estructura interna del sujeto permanece invariable. 

En un intento de clarificar lo que acabo de conceptualizar, describiré brevemente una situación clínica en la que puede observarse el cambio de objeto. Si una paciente obesa, en el transcurso de su tratamiento psicoanalítico, luego de una cirugía de bypass gástrico, deja de ingerir comida compulsivamente, pero comienza a faltar a sus sesiones, a llegar tarde, a no pagar los honorarios, en otras palabras comienza a corromper el contrato de trabajo, podemos suponer que se ha reactualizado el circuito sadomasoquista de sometedor – sometido que tenía con la comida, en el plano transferencial. La dramatización en el escenario del análisis sería la siguiente: intenta someter al analista maltratándolo con sus faltas y llegadas tarde, volviendo luego a las sesiones culposamente en espera de ser castigada. Este juego dañino, en el interior de su mente, no es más que una reactualización del circuito que tenía con la comida. De manera tal que el tratamiento analítico, más precisamente la figura del analista, puede ser tomada como objeto adictivo. 

Habría un cambio de objeto adictivo y una distorsión en el concepto de dependencia, ya que la paciente argumentaba una búsqueda de independencia, cuando en realidad lo que no podía era depender de lo bueno que el método analítico le brindaba y por esa razón caía en un estado de sometimiento a la figura del analista. 

Cabe aclarar que si bien hubo un cambio de objeto, el estado de la mente es el mismo. La diferencia estriba en que el objeto analista tiene una posibilidad que los atracones de comida no la tienen y que es revertir la situación a través de la interpretación. 

Si esto se logra, lo que no siempre es posible, se puede conseguir una buena dependencia a la protección que ofrece el método analítico, una vez internalizado, con independencia de la figura concreta del analista. Por eso, para los analistas que el circuito sadomasoquista sea depositado en la transferencia, es un paso indispensable y necesario para la instalación del proceso. 

Este es un logro terapéutico muy difícil de alcanzar, ya que los pacientes adictos son personas que compulsivamente hacen cosas para encontrar la muerte. La excitación está conectada al peligro y ese peligro está erotizado desde el polo masoquista del circuito ya descripto. En este contexto, la verdadera protección está desvalorizada, porque buscan abolir maníacamente la angustia, la tristeza, los sentimientos dolorosos. Detrás de la pantalla adicta, encontramos en estos pacientes relaciones vacías de significado, desesperación y desesperanza. 

Llegado a este punto sería importante hacer una diferencia, desde el funcionamiento mental, entre la habituación y la perversión adicta. En el primer caso no existe la pasividad que surge en el segundo caso frente a una supuesta protección ilusoria. 

Puede entenderse a través de un modelo social, que es el del tirano. La tiranía no es sólo anular con crueldad la voluntad, de una o varias persona, sino también una perversión social en la que el tirano intercambia sometimiento por falsa protección. Como proceso social la realización de la tiranía produce complacencia y someterse a ella genera apatía. Este modelo social trasladado a la mente funcionaria de la misma manera. 

La tiranía así descripta, no es diferente de la protección que ofrece la mafia, de los daños que la misma organización amenaza con llevar a cabo, si no se acepta la falsa protección ofrecida.  Generando de esta manera un terror paralizante que consolida el sometimiento, anulando el pensamiento y el dolor mental.   

La parte tirana destructiva del self, utilizando todos los medios a su alcance: seducción, confusión, despliegue de omnisciencia, promesas de evitación del sufrimiento; somete los aspectos mas necesitados de la personalidad, quedando estos esclavizados al tirano interno, con un terror paralizante ante la posibilidad de perder su ilusoria protección El tirano pervierte todo el self ofreciendo diversiones atractivas sin  sufrimiento, a través de diferentes objetos adictivos que puede ir utilizando para sus fines. Por esta razón la adicción no es a una sustancia sino a la protección ilusoria que el tirano interno ofrece, para abolir el dolor psíquico; siendo este último esencialmente necesario para el crecimiento mental y el contacto con la realidad. 
 
Referencias
Diccionario de la Lengua Española (2014), Real Academia Española, Edición del Tricentenario: España.    
Freud, S. (1930), El malestar en la cultura.Bd. XXI (S.74). En: Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
López, B. (2002), “Bulimia: un modelo adictivo”. En Moguillansky R.(comp.), Escritos clínicos sobre perversiones y adicciones.(pp.269-291) Buenos Aires: Lumen.
Meltzer, D.(1974), Los estados sexuales de la mente. Buenos Aires: Ed.Kargieman.
OMS. En: http://www.url.edu.gt/portalurl/archivos/99/archivos/adicciones_completo.pdf 

 

 

 

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