Las formas de Ítaca.

Psic. Andrea Paola Escobar Altare
 

Las migraciones hacen parte de la historia psíquica de Latinoamérica. No es posible reflexionar en torno a lo que es familiar, sin incluir aquello que tiene apariencia de ajeno.

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            Mi abuelo materno fue un inmigrante italiano que llegó a Latinoamérica con sus padres y hermanos tras vivir los desastres de la Gran Guerra. Una comunidad de religiosos ayudó a que su familia, junto con otros grupos de primos y amigos, viajaran en barco y llegaran a América buscando empezar en este territorio un proyecto de vida más próspero para su descendencia. En todo caso no viajaron solos; una comunidad grande de italianos decidió partir con ellos, sobre todo aquellos que tenían hijos pequeños y que imaginaban que podrían encontrar aquí una tierra que trabajar, un colectivo de personas que pudieran asentarse y construir en tierras americanas, una forma de convivir juntos. El destino inicial, América, se concretó en Colombia: La costa Caribe colombiana era –aún lo sigue siendo-, un puerto privilegiado de ingreso de comercio proveniente de diferentes territorios; también fue la tierra que recibió a muchos inmigrantes y que, por su ubicación privilegiada cerca al mar y también poseedora de una tierra fértil para el ganado y la agricultura, permitió que muchas personas la escogieran para quedarse. Mi abuelo materno pertenecía a una familia de campesinos: con el tiempo él, sus hermanos, sus primos y sus compañeros de viaje optaron por diferentes oficios: trabajar la tierra, dedicarse a la ganadería, al comercio; seguir un camino hacia el centro de Colombia, asentarse en la región andina y dedicarse allí a cultivar: llegar al corazón de Colombia, sin mar y sin salidas rápidas a este, implicaba seguramente escoger este país como el lugar en el que se quedarían. En esta región nació mi madre, quien por azares del destino –que los psicoanalistas sabemos que muy poco tienen de azar-, retornó a vivir al Caribe al decidir casarse con un marinero –mi padre-.

 

            Los relatos de mi abuelo me permitieron entender que migrar era una cuestión ligada a la vida pero impulsada también por el miedo y la búsqueda de la sobrevivencia: implicaba desarraigarse del lugar sentido como de origen; y para hacerlo de la manera más llevadera posible, era necesario realizarlo en compañía, con las familias y las personas cercanas, hacia un lugar que permitiera que cierto saber –en el caso de ellos ligado a la tierra-, les permitiera recomenzar. Extraña experiencia esta en dónde el interjuego entre las pulsiones de vida y muerte mutuamente se empujan para que en todo caso prime el Eros; un Eros que nunca olvida que la fuerza de su tendencia encontró en el desarraigo y el abandono una parte de su potencia.

 

            Los viajes de mi padre en gran medida pertenecieron al mundo de las aventuras: sus travesías en alta mar estaban ligadas a un mundo que me parecía fascinante, que me hablaba de la convivencia de una tripulación a bordo de un barco, de la hermandad que se construye entre los marineros sin que tenga nada que ver con vínculos de consanguinidad. Ninguno era familiar del otro, pero viajaban juntos y por lo tanto cada uno se hacía cargo del otro. Una cosa siempre tuvo clara: una vez descendiera definitivamente de un barco, su vida transcurriría en la tierra en la que nació, lejos del mar y en tierra firme. Volver al origen, a la tierra más conocida, al lugar más seguro del mundo. Se trató siempre de escoger regresar al lugar en que se desea estar; de salir de viaje sabiendo que se tiene de antemano el tiquete de viaje de  regreso. Eso sí, ahora con dos familias: a la que se sentía unido por lazos de sangre, por un lado; la de sus compañeros de viaje, los otros marineros; por el otro.

 

            Migrar, el acto de trasladarse de un país a otro o de una región a otra, suficientemente distinta o distante, por un tiempo prologando de tal forma que en el otro lugar se desarrollarán actividades de la vida cotidiana, es, de acuerdo con León y Rebeca Grinberg (1984) una experiencia que implica la consideración de múltiples elementos que involucran pensar incluso, si se trata de una experiencia voluntaria o forzada. Ellos mismos reflexionan acerca de la dificultad para mantener del todo separadas y aisladas estas dos posibilidades; yo por mi parte considero que las dos están más o menos intrínsecamente ligadas. En todo caso, un elemento fundamental para entender los efectos de la migración es saber si es posible retornar al lugar del que se partió o no. 

 

            Latinoamérica ha sido un territorio receptor de inmigrantes: un psicoanalista uruguayo, Marcelo Viñar, alguna vez anotaba en una conferencia que muchos latinoamericanos en realidad procedían de los barcos que los habían traído hasta aquí; yo agregaría que venimos del encuentro, las disputas, las batallas, las tensiones y finalmente los intentos de convivencia entre el sujeto que llega y el otro que ya se encontraba aquí. El crisol en el que se encontraron las diferentes tradiciones es la cuna de la marca de nacimiento de los latinoamericanos.

 

            Ya la historia nos ha mostrado una y otra vez que no existe la pureza cultural y que desde que el hombre existe, hay diálogo e intercambio (Vega, 2002).

 

Por otro lado y al mismo tiempo, en territorios como el colombiano vivimos aun el desplazamiento forzado interno de muchas de nuestras gentes que, por las diferentes guerras que siguen teniendo lugar, las personas se ven impelidas a abandonar su hogar para proteger su vida. La mayoría de las migraciones internas forzadas tienen lugar en grupo; las familias deben dejar su territorio y desplazarse a las grandes ciudades colombianas, en donde se ubican en los cordones de miseria que las enmarcan.

 

De nuevo nos topamos con una experiencia intensa y sorpresiva: así como la migración ha permitido el abono en un terreno fértil para el diálogo entre diferentes culturas, también ha tenido lugar por miedo, porque salir huyendo se vuelve la única manera de poder pensar en contar la historia del propio desarraigo el día de mañana. Estamos entonces ante la emergencia de un elemento ominoso, como nos lo señaló Freud (1919): la migración, por un lado, nos es familiar y nos constituye –desde nuestros orígenes-; al mismo tiempo nos extraña y nos aterra a la hora de encontrarnos –de nuevo- con  un otro que llega: lo saludamos con miedo, le producimos miedo y lo despojamos de su tierra. 

 

            ¿Qué elementos hacen parte de nuestra historia psíquica con respecto a los migrantes? Ya Rene Kaës (1983) señaló que el sujeto del inconsciente es el sujeto de la herencia, el sujeto del grupo –si superamos el problema de la oposición individuo-grupo-. ¿Qué es lo que heredamos en torno a la llegada del otro/extranjero/inmigrante/desplazado? ¿Estamos comprendiendo que ese otro nos constituye desde nuestra historia?

 

            Tomaré dos fenómenos que reconocemos en la historia latinoamericana y psicoanalítica en torno a la migración: el primero, fue el exilio que vivieron muchos de nuestros colegas a diferentes territorios europeos y norteamericanos dadas las diferentes dictaduras que se plantaron en estas tierras. Edmundo Gómez-Mango (2011) quien ha reflexionado al respecto, nos recuerda que el exilio nunca pasa y que es en parte un imperativo categórico -tanto individual como colectivo- evocar, analizar y rememorar estos fragmentos de nuestra historia para que las nuevas generaciones puedan reconocerlos como parte de su origen y entonces conciban el sentido de la solidaridad y la hospitalidad para con quienes se marcharon, así como con quienes llegan.

 

            En la literatura, Leonardo Padura elabora los diálogos de la película “Regreso a Ítaca” (2015) para relatarnos el encuentro de un grupo de amigos en Cuba a propósito de la visita de Amadeo, el amigo que partió con su grupo de teatro a España y nunca más retornó hasta ahora –cuando han transcurrido más de 15 años-. Nos enteraremos que nunca más volvió por miedo; porque con su partida mantenía en silencio algunos de los secretos de, precisamente, este grupo de amigos, que caerían en desgracia a los ojos del régimen si algunos de sus dirigentes se enteraban de sus planes en la vida. Él no iba a delatarlos. Ahora vuelve, más seguro, sintiéndose un hombre libre, y planeando quedarse, ante la mirada perpleja de los demás. No regresa a la tierra prometida, tampoco a la época que entonces vivió, no; y lo sabe. Pero vuelve al territorio en el que más se reconoce. Y sus amigos estarán ahí para cuidarlo.

 

            El otro fenómeno fue elaborado por Freud en “Moisés y la religión monoteísta” (1939), el trabajo suyo en el que expone sus ideas acerca del origen egipcio de la figura de Moisés: el sujeto extranjero que se encuentra en la base de la identidad de un pueblo al que no pertenece por consanguinidad, pero del que hace parte como una figura fundante. De nuevo, estamos ante el lugar del otro que nos es al mismo tiempo familiar y necesario, pero también extraño y ajeno.

 

A propósito del Moisés de Freud, Edward W. Said (2003) en su conferencia: “Freud y los no europeos”, obtiene dos conclusiones que voy a sumar a estos planteamientos: primero que todo, el fundador del psicoanálisis deja claro que la identidad de un sujeto o un colectivo no se reduce a su pertenencia a un grupo con determinada tendencia política o religiosa; segundo, que la identidad común para nada es homogénea y no es una sola, única e inherente a una gran parte integrada. Estamos más bien ante identidades fragmentadas –anota Jaqueline Rose (2003), respondiendo a los planteamientos de Said-, en donde el otro/inmigrante-, nos constituye y precisamente es asimilado desde su extranjería en la que finalmente, fragmentos de otros orígenes comienzan a ser parte de nosotros mismos. 

 

Me pregunto entonces, ¿es el carácter ominoso del inmigrante precisamente, aquello que nos causa rechazo? ¿sentimos miedo porque suponemos que no conocemos nada de la persona que llega? Un artista brasileño, Paulo Nazareth, decidió emprender un viaje caminando por Latinoamérica, iniciando en el Sur y hasta el límite del Norte. En cada territorio que pisaba, dialogaba con las personas que encontraba, en algunos casos convivía por un tiempo con algunos de ellos y posteriormente seguía su camino: su idea era dejarse “contaminar” de los hábitos, las costumbres, que su cuerpo se tornara parte de los territorios que iba pisando.

 

Una de las reflexiones que hace acerca de esta experiencia es la siguiente:

Mi concepto de patria todos los días se expande (…) nacido en Brasil soy latinoamericano, siendo latinoamericano soy también mexicano (…) soy parte de cada tierra por donde pisaron mis pies (…) no hay cómo separar estas tierras con una línea imaginaria llamada frontera (…) quizás sea por eso que levantaron el muro al norte: un intento de impedir que México siga siendo México adentro de Estados Unidos” (Paulo Nazareth, 2012).

 

Tal vez deberíamos volver a pensar este aparente desconocimiento que experimentamos ante el inmigrante: de repente lo que no queremos captar es que convertimos su existencia en una parte fragmentada/ escindida de nuestro psiquismo, que no queremos volver asimilar y que se tornó extraña para nosotros.

 

De repente y si nos exigimos mentalmente, podemos seguir pidiendo -como nos dice Cavafis-, que el camino a Ítaca sea largo y que al final entendamos qué significan las Ítacas para cada uno de nosotros.

 

 

Referencias

 

Freud, S (1919) Lo Ominoso. SE:17. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

 

Freud, S (1939 [1934-38]) Moisés y la religión Monoteísta. SE: 23. Buenos Aires: Amorrortu editores.

 

Gómez-Mango, E (2011) Trazas. En: Crónicas de la amistad y el exilio. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental. Págs.51-54.

 

Grinberg, L; Grinberg, R(1984) Psicoanálisis de la migración y el exilio. Madrid: Alianza editorial.

 

René Kaës (1983) Introducción: El sujeto de la herencia. En: Trasmisión de la vida psíquica entre generaciones. París: Dunod. Págs. 13-29.

 

Nazareth, P (2012) Paulo Nazareth. Arte Contemporanea/Ltda. Eds. Diegues, I; Sardenberg,R. Río de Janeiro: Cobogó.

 

Padura, L; Cantent, L (2015) Regreso a Ítaca. Colombia: Tusquets editores. 

 

Rose, J (2003) Respuesta a Edward Said. En: Freud y los no europeos. Barcelona: Global Rhythm.

 

Said, E.W (2003) Freud y los no europeos. Barcelona: Global Rhythm.

 

Vega, N (2002) Intersección compleja. En: Inmigrantes. Revista de la Galería Mundo. No.3, Marzo 7 del 2002.

 

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