De la posverdad a la posempatía, o no

Dr. Todd Essig
 

¿Seguirá la pos-empatía a la pos-verdad a medida que la sociedad cambie de una arquitectura de información impresa a una digital? ¿Y si es así, puede el psicoanálisis minimizar la pérdida?

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La posverdad y las noticias falsas o fake news pueden verse tanto como un reflejo de los cambios turbulentos que atraviesa el periodismo y como parte de una tendencia emergente. Según dos economistas, padre e hijo (Susskind & Susskind, 2015), todas las profesiones, desde el periodismo hasta el derecho, la consultoría y la atención médica (y, sí, eso incluye la atención psicoanalítica) enfrentan un futuro diferente. Ellos argumentan que la inteligencia artificial (IA), la big data y la conectividad global están transformando la práctica profesional de formas mucho más profundas que solo el aumento de la eficiencia. En cambio, ellos (¡nosotros!) enfrentan un futuro fundamentalmente transformado en el que los sistemas complejos mediados tecnológicamente van a satisfacer la demanda de servicios profesionales que antes se cubrían con soluciones frente a frente, hechos a la medida. 

En este relato, la posverdad y las fake news son solo una de las consecuencias de una profesión -el periodismo- que lucha por seguir el ritmo a medida que la arquitectura de la información de la sociedad se transforma de lo impreso en papel a lo digital. El periodismo simplemente no ha sido capaz de seguir el ritmo. Pero la transformación atraviesa todas las profesiones. Así que, sin lugar a dudas, habrá otras consecuencias en otras áreas, incluida la nuestra. Es por eso que quiero preguntar: ¿Qué será lo próximo ‘pos’ o ‘falso’? ¿Cuál será la próxima pérdida después de los hechos y la verdad? ¿Qué otros valores y experiencias están bajo la guillotina digital? ¿Y qué podemos aprender de los problemas del periodismo, al tratar de adaptarse? 

Me gustaría sugerir que la empatía, la esencia de las relaciones Yo-Tú fundamentales para el psicoanálisis contemporáneo (Buber, 1970/1923; Greenberg & Mitchell, 1983), es una candidata particularmente primordial para volverse ‘pos’. Así como el periodismo se está transformando en la transición a una arquitectura de información digital por el consiguiente aumento de las fake news y la posverdad, la salud mental, incluida la atención psicoanalítica, se está transformando de manera similar poniendo en riesgo la empatía. Pero no quiero simplemente sugerir que estamos al borde de la posempatía y la intimidad artificial, aunque para mí está claro que sí lo estamos (Essig, Turkle y Russell, 2018). Más bien, quiero sugerir que el psicoanálisis se encuentra en una encrucijada en la que podemos ayudar a debilitar el surgimiento de la posempatía y la intimidad artificial antes de que sea demasiado tarde -o no. Estamos en un lugar privilegiado donde podemos celebrar los potenciales de la transición cultural hacia una arquitectura de información digital y, al mismo tiempo, proteger la santidad de la empatía y la intimidad tecnológicamente no mediadas, directas, y en persona. Por supuesto, llegar al punto en que dicha postura de ‘ambos-y’ sea ampliamente aceptada para que pueda ayudar a organizar las decisiones en toda la comunidad psicoanalítica será difícil, quizás imposible. 

Para ser claros, cuando se habla de posverdad, los hechos y la verdad siguen existiendo (y la empatía también existirá como lo hará la posempatía). Es solo que ‘los hechos’ ya no importan tanto, como solían antes.  La verdad no se valora como en algún momento se hizo. El periodismo profesional tradicional, la ‘prensa libre’ del ideal democrático, se encargaba de filtrar objetivamente la realidad. La ética periodística cumplía el rol de proteger la verdad. Los íconos de los medios tradicionales eran, por lo tanto, dignos de confianza cuando presentaban verdades incómodas. Y para algunos aún lo son. Pero las redes sociales, la inteligencia artificial (IA), los canales de distribución descentralizados, las presiones en las ganancias corporativas y la facilidad de crear falsedades indistinguibles con apenas unos pocos clics han creado un panorama mediático donde la realidad ahora es filtrada para confirmar prejuicios y reforzar la identidad de un grupo de referencia. Las cosas solo tienen que verse ‘semi-verdaderas’. Y la acción está en explotar los sesgos de confirmación para ‘buscar audiencia’ [1]. Por supuesto, todavía hay periodistas que buscan la verdad y las noticias reales. Pero los íconos de los medios de hoy en día están ahí para entretener, calmar y confirmar las creencias previas de uno. Las verdades incómodas se desechan por considerarse noticias falsas. La tarea aspiracional original se está perdiendo. 

Desde 2007 hasta la pandemia, vi desde adentro cómo el periodismo perdía el control de la verdad. Además de mi práctica profesional, escribí varios cientos de columnas como comentarista de tecnología y salud mental, primero para una nueva empresa de noticias llamada True/Slant y luego en Forbes después de que la compraran (Essig, 2020). Lo que vi fue una profesión tambaleante por la transformación digital, donde cualquier versión de la realidad ahora estaba disponible a un clic de distancia. Los escritores y editores forcejeaban con esta nueva feroz competencia por la atención. Como parte del grupo, me pagaban fracciones de centavo dependiendo de cuántos y de qué tipo de lectores hacían clic en mis artículos. 

Desde el principio, comencé a trabajar con otros dos escritores [2] tratando de descubrir los misterios de la optimización de motores de búsqueda (SEO) y cómo plantar las semillas para que algo se volviera ‘viral’. Seguimos de cerca nuestras mediciones, felices cuando los números subieron a decenas o cientos de miles o más, y tristes cuando algo de lo que estábamos orgullosos nunca cobró fuerza. Y lo que aprendí mientras ‘buscaba audiencia’ es bastante obvio en retrospectiva; las verdades ignoradas tienen la misma influencia que las verdades nunca reportadas y cualquier verdad o noticia real demasiado discordante con las creencias y prejuicios previos de alguien es ignorada. La gente perdía interés en los hechos cuando los veía. E incluso aceptar su realidad, era hasta levemente incómodo. Después de todo, ¿por qué hacer eso cuando hay una versión aparentemente igual de creíble a un clic de distancia que te hace sentir bien contigo mismo, con tu vida y con las decisiones que estás tomando? Aparentemente, en nuestro mundo de la posverdad de las fake news, el único ‘periódico de referencia’ que importa es el que proporciona ‘verdades’ que deseas escuchar.                  
 
Creo que la empatía enfrenta un futuro similar de no ser valorada, de que las personas se vuelven cada vez más indiferentes a la experiencia y a las consecuencias de las intimidades genuinas en persona. ¿Cómo sucederá esto? La empatía se irá transformando en ‘pos’, paso a paso, con un andar sonámbulo, por razones similares de comodidad y conveniencia. Eventualmente, los procesos humanos de empatía, que consumen mucho tiempo, y que a menudo son confusos y en ocasiones difíciles, parecerán anacrónicos e ineficientes en comparación con lo que se puede lograr con la IA impulsada por la big data. Estos cambios en lo que valoramos junto con los desarrollos tecnológicos son la doble propulsión para el mundo emergente de la pos-empatía de la intimidad artificial.  (Essig, Turkle, y Russell, 2018). Lo que nos lleva a las preguntas centrales: ¿Dejaremos pasivamente que el Yo-Eso ahogue al Yo-Tu en un aluvión de simulaciones de empatías mediadas tecnológicamente? Y, si no, ¿qué hacer?   
 
Ya abundan las primeras versiones de la pos-empatía. Las simulaciones de comprensión empática que forman hábitos se encuentran en esa sacudida de reconocimiento cuando compras en línea y te recomiendan algo que ni siquiera sabías que querías; ese aprecio que sientes cuando tu cuenta de Spotify, en lugar de un amigo, te recomienda un nuevo artista que te trae alegría; ese disfrute de los videos personalizados de TikTok, o cuando Netflix recomienda tu próximo programa favorito (Pieraccini, 2021; Schrage, 2020).  
Pero la pos-empatía ya está mucho más allá de esos motores de recomendación cada vez más familiares y potentes. Ya existen simulaciones de relaciones [3]. Replika [4] es un ‘amigo’ chatbot alimentado por IA. El sitio web promete ‘el compañero de IA que se interesa por uno. Siempre aquí para escuchar y hablar. Siempre de tu lado.’ Las personas ya están teniendo intercambios emocionalmente intensos con el programa, inclusive hombres que crean novias de IA y luego, a veces, abusan verbalmente de ellas (Bardhan, 2022). En el mundo de la salud mental, consideremos a  Woebot [5], un chatbot impulsado por la IA que brinda tratamiento TCC, sin la participación de un terapeuta humano. Su sitio web anunció con orgullo: ‘Bienvenido al futuro de la salud mental.’ O está Elle [6], un avatar animado, impulsado por la IA, adaptado para tratar veteranos de guerra que experimentan depresión y síndrome de estrés postraumático. La asistencia profesional psicológica, de algún tipo, sin humanos al otro lado de la pantalla ya está aquí. Y a medida que las tecnologías deep fake y las simulaciones de video se vuelven cada vez más fotorealistas, será cada vez más fácil confundir y realmente no preocuparse por saber quién es el ‘proveedor’ de una sesión, si es con otro humano o con un programa de IA.  Pronto, y sé que esto suena como de ciencia ficción distópica y demasiado absurdo para ser tomado en serio como un probable o incluso posible futuro, las personas con una manera de pensar psicoanalítica elegirán algún tipo de teleanálisis, el psicoanálisis asistido con tecnología, por medio de la IA, en vez de hacer psicoanálisis con una persona.     

Por supuesto, ninguna simulación de IA por la pantalla captará completamente la atención creativa, intuitiva y genuina que brinda un psicoanalista, ya sea cara a cara o de manera virtual. Pero esa objeción ignora el punto y las enseñanzas que deja la pos-verdad. Para que triunfe la posempatía, la tecnología no necesita ser una simulación indistinguible. La posverdad demuestra que muchos buscarán un tratamiento de pos-empatía impulsado por la IA virtual no porque sea lo mismo que el tratamiento virtual humano, sino porque una vez que se está conectado, lo más fácil y conveniente se vuelve irresistible (Alter, 2017). Una vez que las personas se acostumbren a la terapia por la pantalla sin distinguir la búsqueda de ayuda de forma presencial, cualquier superposición significativa será suficiente. Cuando el valor excepcional de la empatía genuina y totalmente encarnada en alguien se devalúa, muchos elegirán un tratamiento cada vez más sofisticado, conveniente y de bajo costo por medio de la IA, por limitado que sea, en lugar del tratamiento conducido por una persona. Esto se debe a que hemos sido entrenados para ya no valorar esa experiencia rica, y desordenada de la empatía plena y mutuamente plasmada entre personas.       

Al igual que esos periodistas que aún luchan para proteger los hechos y la verdad, yo creo que los psicoanalistas deben unirse en la lucha, para proteger la empatía ricamente plasmada en las personas, aquella construida sobre los entonamientos afectivos, las imitaciones implícitas, las sincronías interaccionales, las propriedades [7] relacionales, y otros procesos que solo son posibles cuando las personas se vinculan en persona y no por la pantalla. Y ahí es donde entra en juego la postura del ‘ambos-y’. Creo que la única forma de proteger la empatía es aprovechar al máximo todas las posibilidades que ofrece la arquitectura emergente de información digital, y proteger vigorosamente la santidad de las conexiones empáticas que solo son posibles cuando las personas son cuerpos reunidos juntos en el mismo lugar y al mismo tiempo.       

El futuro de nuestra profesión podría depender de este ‘ambos-y’. Dos riesgos se presentan inmediatamente. Si no logramos apreciar plenamente las diferencias entre lo que sucede en la pantalla y lo que solo puede suceder en persona, sin darnos cuenta damos un paso hacia el mundo pos-empatía de la salud mental basada en la IA, del psicoanálisis sin analista. Tanto desde el punto de vista organizacional como clínico, cuando se proporciona psicoanálisis o psicoterapia a distancia, deben reconocerse explícitamente las pérdidas y limitaciones inevitables de la relación por pantalla  [8]. Al mismo tiempo, también podemos acelerar el paso a un mundo pos-empatía en la otra dirección al no apreciar la riqueza y profundidad de la experiencia posible de la pantalla. Entonces nos volveríamos como una organización de noticias, insistiendo que el papel y la tinta son necesarios para que algo sea un periódico. Para prosperar, el psicoanálisis puede solo necesitar convertirse de manera radical en ‘ambos-y’, abrazando tanto la promesa de la tecnología y valorando plenamente todo lo que es posible solo cuando las personas están juntas en la sala.         

Desafortunadamente, el ‘ambos-y’ todavía no tiene una amplia aceptación en el psicoanálisis. En cambio, demasiados se centran en uno u otro aspecto. Muchos abogan por lo que puede verse como una negativa a participar en el mundo tal como es. Como miembro del grupo de trabajo de la IPA sobre el Tratamiento Remoto en la Formación Didáctica, escuché a muchos colegas poner un límite tajante: si los cuerpos no están juntos en la habitación, no ocurre nada de un valor genuino psicoanalítico. Al igual que los monjes después de que se inventara la imprenta que afirmaban que solo las escrituras copiadas a mano tenían valor, el negarse a aceptar las posibilidades de la información digital para la atención psicoanalítica probablemente solo nos separará aún más de las personas que se beneficiarían de la atención que brindamos.           
  
Otros se sumergen de cabeza en todas las posibilidades tecnológicas del momento actual, aparentemente sin darse cuenta de lo poco profundas que pueden ser las aguas. Esto es lo que ha hecho la Asociación Psicoanalítica Estadounidense (APsaA) con sus Normas y Directrices recientemente aprobadas. Reconocieron explícitamente solo los beneficios de la educación a distancia para la formación psicoanalítica e hicieron del análisis a distancia de candidatos una opción entre muchas. Para ellos, la personificación compartida se volvió esencialmente irrelevante, tal vez incluso un inconveniente innecesario, acercándonos así un paso más a un mundo de pos-empatía.        

Para concluir, la lección de la pos-verdad y las fake news es que si vamos a trabajar contra el probable aumento de la pos-empatía, entonces el lugar para hacerlo, donde debemos plantar nuestra bandera y luchar, no es sobre las diferencias obvias entre una imagen de pantalla generada por un programa y una imagen de pantalla generada por una persona. Está en la diferencia entre estar frente a la pantalla y estar en persona. Y la forma de hacerlo es abrazar tanto todas las posibilidades de brindar atención psicoanalítica en la pantalla y todas las pérdidas, las limitaciones  y los peligros inevitables al hacerlo. Si no protegemos la empatía de manera presencial, ¿quién lo hará?           
 
[1] En inglés chase eyeballs: refiriendo a los que visitan sitios de web, buscando clientes potenciales, por ejemplo, o compitiendo por ellos. 
[2] Jeff McMahon escribe sobre la tecnología verde (o limpia). Su trabajo se puede encontrar en http://forbes.com/sites/jeffmcmahon. David DiSalvo escribe sobre ciencia y salud.  Su trabajo se puede encontrar en http://forbes.com/sites/daviddisalvo. Mi archivo está en  https://www.forbes.com/sites/toddessig
[3] Para una vision particularmente escalofriante de hacia dónde va esto, vea a David Levy, en Love and Sex with Robots, describiendo el camino hacia un futuro cercano donde las personas solitarias, o simplemente los interesados, se enamorarán de sus sexbots ‘emocionalmente inteligentes’ (ver también Knafo & Bosco, 2016) 
[4] Se puede ver en https://replika.ai
[5] Se puede ver en https://woebothealth.com
[7] N.del T: En inglés: affordances, tomado de la teoría de J. Gibson. 
[8] Para una descripción del paradójico interjuego clínico de estar simultáneamente inmerso en una relación psicoanalítica mediada por la tecnología y ser consciente de sus limitaciones y pérdidas, véase Essig y Russell, 2021 
 
Referencias
Alter, A. (2017). Irresistible: The Rise of Addictive Technology and the Business of Keeping us Hooked. Hamondsworth: Penguin.
Bardhan, A. (2022). Men are creating AI girlfriends and then verbally abusing them. Futurism. Downloaded 1/20/2020 from https://futurism.com/chatbot-abuse.
Buber, M. (1970). I and Thou (W. Kaufmann, Trans.). New York, NY: Charles Scribner & Sons. (Original work published 1923).
Essig, T. (2020). ‘Training Done? Write!’ A response to Alexander Stein. Psychoanalytic Perspectives, 17(2), 173-182.
Essig, T., & Russell, G. I. (2021). A report from the field: Providing psychoanalytic care during the pandemic. Psychoanalytic Perspectives, 18(2), 157-177.
Essig, T., Turkle, S. & Russell, G.I. (2018). Sleepwalking towards artificial intimacy: How psychotherapy Is failing the future. https://www.forbes.com/sites/toddessig/2018/06/07/sleepwalking-towards-artificial-intimacy-how-psychotherapy-is-failing-the-future/
Greenberg, J. R., & Mitchell, S.A. (1983). Object Relations in Psychoanalytic Theory. Cambridge, MA: Harvard University Press. 
Knafo, D., & Bosco, R.L. (2016). The Age of Perversion: Desire and Technology in Psychoanalysis and Culture. London: Routledge.
Levy, D. (2007). Love and Sex with Robots: The Evolution of Human-Robot Relationships (p. 352). London: HarperCollins.
Pieraccini, R. (2021). AI Assistants. Cambridge, Mass.: MIT Press
Schrage, M. (2020). Recommendation Engines. Cambridge, Mass.: MIT Press
Susskind, R. E. & Susskind, D. (2015). The Future of the Professions: How Technology will Transform the Work of Human Experts. Oxford University Press, USA.

Traducido por Shirley Matthews
 

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