Violencia Y Perversión Totalitaria de la Mente

Dr. Eduardo Gastelumendi
 

Las emociones, así como los deseos, temores, impulsos y fantasías infantiles, prevalecen en el adulto transformados e integrados, o reprimidos, escindidos o actuados.

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I.
Las emociones, así como los deseos, temores, impulsos y fantasías infantiles, prevalecen en el adulto transformados e integrados, o reprimidos, escindidos o actuados. La violencia, definida aquí como “el uso de la fuerza, física o moral, para someter a otros en beneficio del propio narcisismo o ideología”, además de sus raíces infantiles, implica una actitud y una manera de actuar frente a los otros que ha sido útil para la supervivencia del ser humano a lo largo de su historia. La vemos expresarse en la vida cotidiana de diversas maneras: desde libre y benigna, como en el juego de los niños, hasta irracional y espantosa en las guerras, el terrorismo y en la violencia sexual.  Y, si bien desde una perspectiva evolutiva pueda considerarse natural y universal, desde el lugar que nuestra civilización ha alcanzado la encontramos bárbara y regresiva y opuesta a nuestros derechos fundamentales.
 
En este artículo me referiré específicamente a dos formas de violencia: una explícita, que mata, mutila y aterroriza, rechazada por la civilización: la violencia terrorista. La otra soterrada, oculta bajo la apariencia benigna de una educación religiosa, pero que, al igual que la primera, produce un daño profundo en la mente y en el desarrollo emocional: el sometimiento físico, psicológico y sexual que se da en algunos grupos religiosos vinculados a la Iglesia Católica.  Pienso que ambas formas de violencia pueden originarse en una “perversión totalitaria del pensamiento”, siguiendo las ideas de N. Temple (2006), quien se refirió a un “estado totalitario de la mente”.
 
Escribo desde el Perú, tierra que sufrió intensas confrontaciones durante la consolidación del Imperio Incaico (siglos XIII – XVI), aún antes de su traumático nacimiento con la Conquista española.  Por otro lado, la violencia social y de Estado ha sido y aún es frecuente en América Latina. Muchos analistas y candidatos hoy en actividad sabemos, sin necesidad de que nos cuenten, en qué consiste esa violencia. La hemos vivido en cada uno de  nuestros países, desde mediados del siglo pasado hasta muy recientemente, incluso hasta hoy.
Estamos de algún modo acostumbrados a lidiar con ella. Y, aunque estemos vigilantes, ocasionalmente nos engaña un Estado populista (en sentido negativo) y demagógico o se nos impone una dictadura. Resulta actual y particularmente doloroso recibir los mensajes y cartas que los analistas venezolanos leen o envían a los encuentros de FEPAL y de la IPA en los que comunican la desesperante situación que están viviendo en su país. Su lectura conmueve e indigna, y también nos hace sentir el desequilibrio de fuerzas entre un Estado autoritario por un lado, y la resistencia al mismo por otro, siendo el Estado, por ahora, el más fuerte.
 
II.
El psicoanálisis no solo ha contribuido para la comprensión de la violencia en general sino que, en el caso de la violencia social y de Estado, ha ayudado a la recuperación de las víctimas. Además, hay estudios psicoanalíticos recientes (como el de Zukerfeld R., et al., 2016) que señalan cómo el propio Estado puede ayudar a mitigar y reparar el daño infligido cuando es capaz de ejercer justicia y reconocerlo y de hacer justicia. Pero el Estado no siempre está en condiciones de ejercer esa función de reparación. Es más fácil, y más frecuente, intentar olvidar lo sucedido, como si ello fuera posible.
 
Durante dos décadas (1980 – 2000) el Perú sufrió el ataque de uno de los grupos terroristas más violentos de América Latina. Durante esos años, el grupo maoísta andino Sendero Luminoso, liderado por un profesor universitario de filosofía, Abimael Guzmán (quien se hacía llamar Presidente Gonzalo), atacó al estado peruano, a la población y a sus instituciones con tal ferocidad que llevó a las fuerzas del orden a contra-atacar de la misma manera. El resultado fue catastrófico: setenta mil personas muertas, principalmente campesinos andinos, y un país convulsionado, herido y aterrorizado.  Sendero Luminoso fue debilitado seriamente en 1992, cuando su líder fue capturado. La guerra continuó de una u otra forma hasta alrededor del año 2000. Aún ahora hay remanentes de esa agresión, principalmente asociada al narcotráfico en las zonas andinas y amazónicas. Sin duda, el cultivo de coca y el tráfico de drogas es también un caldo de cultivo para la violencia endémica.
 
De lo mucho que se puede decir de Sendero Luminoso, menciono solo un fragmento de una entrevista a un líder senderista que apareció en un diario durante los años 80, época de su mayor actividad. Cuando el periodista lo confrontó con el radicalismo extremo del grupo, que lo llevaba a asesinar a quienes se oponían a sus ideas, y con la negativa de los líderes a dialogar con el Estado, el entrevistado respondió: “¿Me pregunta por qué no dialogamos? Nosotros no estamos entrenados para dialogar como ustedes, burgueses. No necesitamos el diálogo. Tenemos nuestra ideología, tenemos el  Pensamiento Gonzalo.
 
Esta respuesta me parece una expresión de la perversión totalitaria de la mente, a la que quiero referirme.  Temple (2006) se refiere al “estado totalitario de la mente”, y señala cómo “el totalitarismo [mental] se desarrolla y se convierte en una estructura estable, relacionada a la posición paranoide”. Esta organización mental obtiene su poder de la pulsión de muerte y contiene elementos sádicos y defensas contra la culpa. Al referirse a estos estados, señala que pueden encontrarse en líderes nacionales y en sistemas políticos, así como en los pacientes que vemos en los consultorios.
 
Quisiera plantear que este estado mental debiera ser considerado una perversión mental debido a su destructividad, a su relación con la pulsión de muerte y a su ocultamiento bajo el disfraz de ideal virtuoso (social o religioso). Esta perversión es más frecuente de lo que habitualmente percibimos. En este estado, la mente no tiene capacidad para reflexionar, ningún acceso al “área intermedia de la experiencia” (Winnicott) ni, por supuesto, lugar para las dudas. La muerte, el sometimiento o la denigración son respuestas a aquellos que piensan o actúan de manera diferente.  Encontramos semejanzas entre Sendero Luminoso y el pensamiento y accionar del grupo terrorista Estado Islámico, a pesar de la distancia geográfica y cultural así como en su filosofía de origen.
 
III.
Habiendo señalado esto, quisiera detallar otra forma de expresión de esta perversión. No está vinculada al terror y la muerte, como la terrorista, sino a la seducción idealista y a la sexualidad. Como la primera, obtiene su fuerza también de la pulsión de dominio y de muerte. La terrorista es radical y brutal, conectada con el poder social, político, y repudiada mayoritariamente por la población. Esta otra es aceptada socialmente y menos violenta, pero también daña, y mucho. Me refiero aquí a la de los grupos religiosos  –en América Latina principalmente católicos– que conducen a adolescentes hacia un estado mental muy restringido y dogmático y, con frecuencia, a una dominación sádica que incluye el abuso sexual.
 
No sorprende que la religión sea el sustento ideológico para la violencia, la coacción del pensamiento y el terror. Lo vemos horrorizados en los actos sangrientos del Estado Islámico. En relación al cristianismo basta recordar las Cruzadas o la Santa Inquisición, expresión de una época en la que no existía la consciencia sobre los derechos humanos y libertades que hemos logrado ahora.  Sin embargo, algunos grupos vinculados a la religión institucionalizada (y me refiero al catolicismo) son una amenaza. Este fenómeno es más visible en los últimos años y está siendo denunciado públicamente: grupos religiosos, sobre todo católicos en la región, reclutan a adolescentes y jóvenes con la aceptación de sus padres. Los adeptos tienden a usar las legítimas aspiraciones de los jóvenes que buscan ser mejores individuos y “cambiar el mundo”, para seducirlos y someterlos. Un líder carismático está a la cabeza, y el joven es llevado a asumir que éste transmite “la verdad”. La obediencia ciega y la fe en las verdades “reveladas” son la norma. Se trata de una actitud que se opone a un desarrollo integrador, tolerante a la incertidumbre y potencialmente liberador. La perversión totalitaria de la mente merma las capacidades de los adolescentes y jóvenes para realizar el trabajo de pensar por sí mismos. Como si eso no fuera poco, con frecuencia el sometimiento al líder no es sólo mental y psicológico sino también sexual, lo que infringe un daño muy severo y duradero. El joven que se acerca a quien encarna una imagen paterna idealizada, anhelando un desarrollo interior, puede terminar traicionado y herido “en el alma”. El prejuicio puede ser permanente y profundo: la capacidad de confiar en la propia intuición, en sí mismo y en otros queda muy afectada.
 
En los últimos años se han denunciado a poderosos grupos y líderes católicos de la región.  En el Perú, Luís Figari, fundador del grupo conservador católico Sodalicio de Vida Cristiana, fue acusado en 2014 de abuso psicológico y sexual a adolescentes bajo su tutela. El Sodalicio, fundado en 1971, contaba con un gran prestigio entre las clases económicas más pudientes del Perú y de otros países de la región. Figari fue expulsado del Sodalicio y vive recluido en algún monasterio en Roma, “castigo” habitual en estos casos. En México surgió el multimillonario grupo católico Legión de Cristo, fundado con otro nombre en 1941 por el perverso y psicopático sacerdote Marcial Maciel (1920 – 2008), reconocido como “el mayor fundraiser de la Iglesia Católica Moderna, como un activo reclutador de nuevos seminaristas (Berry, 2010). A partir de 1997 fue investigado y sancionado por abusos sexuales. Y en Chile, quien fuera el muy respetado y poderoso sacerdote Fernando Karadima (n. 1930), párroco en El Bosque, en Santiago, fue encontrado culpable en 2011 por el Vaticano de abusar sexualmente de menores así como de abusar de su poder eclesiástico. Se trató de una impactante acusación criminal en Chile ya que Karadima contaba con el favor de la alta sociedad.
 
Las historias de cada uno de estos casos son semejantes: el proceso interior por el que las víctimas pasan hasta decidirse a denunciar lo sucedido toma muchos años. Y luego son otros años más de presiones y evasiones por parte de la jerarquía eclesiástica hasta que el caso se hace público. Recién ahí puede haber alguna sanción y quizá un resarcimiento justo.
 
El abuso ocurre con frecuencia en situaciones de aceptación ciega de dogmas religiosos y de obediencia absoluta a una autoridad  que no rinde cuentas a nadie. Es un ejemplo de cómo la atracción perversa por el pensamiento totalitario existe en la mente de la sociedad,  escondido éste bajo creencias religiosas que utilizan la represión sexual como forma de obtener el dominio sobre los otros. El punto crítico es que todo esto sucede con la anuencia de los padres, quienes renuncian, quizá por convicciones religiosas ingenuas, o por debilidad o inseguridad en sus propias capacidades, a hacerse cargo ellos mismos de la formación de sus hijos.
 
IV.
Según el lugar de quien ejerce la violencia o de quien la sufre, ésta será justificada o repudiada. Aparentemente no hay un término medio y la capacidad de pensar y comprender se pierde.  Sin embargo, quien se encuentra como observador tiene la posibilidad de sostener en su mente una reflexión más compleja acerca de ella.  La neutralidad que mantenemos en la clínica nos puede dar una clave. En el trabajo cotidiano con nuestros pacientes son frecuentes y esperados los “ataques” agresivos o seductores al proceso analítico. Nuestra tarea es reconocerlos, evitar responder a ellos y analizarlos.  Lo hacemos ubicándonos un lugar de calma interior, desde el cual podemos seguir pensando a pesar de la turbulencia emocional.  J. Kristeva (2016) relaciona este lugar al del “movimiento perpetuo” de Pascal.
 
Como psicoanalistas o personas analizadas, tenemos la inusual experiencia de un largo diálogo íntimo en busca de la integración de nuestras emociones, pensamientos y deseos. Por ello, al ser capaces de reconocer esas pulsiones agresivas y destructivas en nosotros, estamos en una posición inmejorable para comprender los ataques perversos sobre otros individuos y también sobre la civilización.  Y, tal como hacemos en el trabajo con nuestros pacientes, quizá la mejor alternativa sea seguir reflexionando sobre todo esto desde un lugar de calma interior,  aunque sin dejar de manifestarnos contra todo aquello que la violencia genera: temor, repudio, dolor y más violencia.

Referencias
 
Berry, J. Money paved way for Maciel's influence in the Vatican. ncronline.org (National Catholic Reporter), 2010
 
Kristeva, J.  (2016) https://www.ipa.world/ipa/en/News/kristeva.aspx
 
Temple, N. (2006). Totalitarianism – The Internal World and the Political Mind..
 Psychoanal. Psychother., 20:105-114
 
Zukerfeld, R., Zukerfeld Zonis, R., Carlisky, N. et al. (2016). Efectos reparatorios de los juicios al terrorismo de Estado en Argentina. Trabajo ganador del premio Psicoanálisis y Libertad. FEPAL, a ser publicado en la revista Calibán.