El fracaso de la defensa maníaca frente a la pandemia: una viñeta clínica

Samuel Gerson, Ph.D.
 

Como Camus (1948) y Freud (1915) han sugerido, el reconocimiento de la presencia de la muerte puede ser un comienzo, no el fin de la moralidad.

0
Comments
1399
Read

Del mismo modo que muchos otros, durante la pandemia de Covid-19 me encontré recurriendo a La Peste, de Camus (1948), en busca de consuelo e instrucción. Y en medio de tantos pasajes que resuenan y son tan aptos para ser citados, hay uno que permaneció en mi mente por haber plasmado de forma muy acertada mis sentimientos y reflexiones acerca de la paciente que en breve describiré. 

Escribe Camus: ‘El sufrimiento profundo que experimentaban era el de todos los prisioneros y el de todos los exiliados, el sufrimiento de vivir con un recuerdo inútil’ (p. 61). Empero, ‘un recuerdo inútil’ presumiblemente sea uno inolvidable. Estas palabras enfatizan un teorema psicoanalítico fundacional: que los recuerdos que no han sido duelados se inscriben en nuestras psiques y moldean nuestros destinos en formas disfrazadas. Por supuesto que existen múltiples formas de ocultamiento que por lo general hemos agrupado en melancólicas o maníacas.  En la melancolía, la pérdida externa se evita por medio de incorporaciones en el interior de un self deficiente a nivel narcisista, mientras que en la manía el agrandamiento del self exige la vigilancia constante de las dependencias de todo tipo. En la viñeta clínica que sigue la manía es atacada por la pandemia. 

Hana, que nació en 1934 en un pequeño pueblo de Checoslovaquia en las afueras de Praga, sobrevivió los primeros años de la ocupación Nazi ocultándose con su hermano y sus padres. En 1944 su padre y su hermano fueron arrestados y enviados primero al campo de concentración Theresienstadt, y de allí a la muerte en Auschwitz. Hana y su madre se establecieron en Praga luego de la Segunda Guerra Mundial y después se las arreglaron para migrar a Occidente durante el ‘Golpe Checo’ de 1948, cuando las fuerzas lideradas por el comunismo derrocaron la coalición democrática. Llegó a los Estados Unidos a los 14 años y luego de una distinguida carrera y tres matrimonios en el transcurso de los cuales no tuvo hijos, se retiró a los 75 años como una mujer extremadamente adinerada y aislada. 

Hana comenzó su tratamiento dos años atrás, a los 84 años, aquejada por crecientes episodios de depresión que a lo largo de los años había manejado exclusivamente con diversos antidepresivos. Después de manifestar cierta renuencia inicial a reflexionar acerca de las experiencias de su temprana niñez, a Hana comenzó a intrigarla más el impacto causado por su historia  de escapar del peligro, y de ‘ocultarse’ y ‘desaparecer’, como ella las llamaba. Gradualmente, comenzamos a establecer paralelismos entre las reales amenazas a la libertad y a la vida que el control Nazi y soviético habían ejercido sobre su tierra natal, y las angustias persecutorias que había experimentado en la relación con sus tres ex -maridos y con numerosos antiguos colegas. 

Después atacó la pandemia de COVID-19. Lo que habitaba el reino de lo ‘real’ migró del ámbito material e infiltró lo ‘imaginario’, acompañado de pesadillas aterradoras y la preocupación diaria por poner su casa a salvo. Las angustias se convirtieron en temor, y el temor en un terror que la impulsaba a la acción inmediata. Tal como su experiencia le enseñaba, todo lo que parecía tan sólido podía desvanecerse en un instante y la seguridad sólo radicaba en ocultase, en escapar.  

La vida parecía pender de un hilo a medida que Hana hacía frenéticos intentos por resguardar sus finanzas por medio de transferencias de inversión de capital en oro y efectivo. Una tarde, luego de ingeniárselas para llenar una valija con billetes de 100 dólares y bajar su revólver y municiones del ático de su casa, me llamó desesperada: ‘¿A dónde tendría que ir?’, me preguntaba una y otra vez, conteniendo apenas el pánico.

Nuestro trabajo en el último mes se había limitado a interacciones por teléfono o video-llamadas y pronto adquirió un patrón recurrente: iba de los temores inmediatos al contagio, a las preocupaciones por la ruina financiera, y luego a una fantasía de quedarse en la calle y abandonada. En las semanas que siguieron a su intento de huida este patrón comenzó a cambiar a medida que iba surgiendo su preocupación por mi bienestar. Al principio sus temores giraban en torno a que yo me hartara de su obsesión por huir y le pusiera fin al tratamiento, después comenzó a temer que yo muriese. Para sorpresa de ambos, estas preocupaciones finalizaron abruptamente un día, mientras Hana hablaba de cómo la gente se moría sin poder despedirse de sus familiares. De pronto rompió en llanto y después de sollozar un buen rato comenzó a hablar con acongojada tristeza de la muerte de su padre y de su hermano. 

Este duelo largamente evitado ha ocupado la mayor parte de nuestras sesiones recientes: el duelo por su niñez, por sus padres y su hermano, por sus maridos, que la encontraban ‘inaccesible’ y a quienes ella, a su vez, consideraba “controladores”, por niños no-nacidos, y por una vida determinada por la creencia, permanente aunque desmentida, en la destrucción inevitable y la huida.

En este proceso de duelo también comenzamos a ver de qué forma su feroz determinación de ser autosuficiente, y de impedir que nadie dependiera de ella, ha funcionado como un arma de doble filo al protegerla de la pérdida y el derrumbe, pero a la vez al impedir toda posibilidad de un vínculo más afianzado. Ahora estamos inmersos en un muy doloroso proceso de duelar las pérdidas de toda una vida y de reconocer la tragedia de cómo sus intentos de sentirse segura por medio de la huida le proveyeron un escape ilusorio de los traumas sin metabolizar causados por la abrupta desaparición de su padre y su hermano. 

Quizás la pandemia haya cristalizado el clima de temor que la acompañaba en todo momento cuando era una jovencita que se ocultaba durante el Holocausto. El consiguiente fracaso de su intento de resolver su angustia persecutoria actual a través de la acción maníaca también habilitó la posibilidad del duelo. Ahora los traumas resuenan, pero su evitación ha disminuido y en medio de un dolor que la desgarra hay también un naciente sentimiento de libertad de elegir cómo responder. 

Tal como Camus (1948) y Freud (1915) han sugerido, el reconocimiento de la presencia de la muerte puede ser un principio, y no el final, de la moral. La elección alcanza el máximo de importancia cuando el resultado es inevitable, y la cuestión es cómo vivir al enfrentarnos a la muerte.

Referencias
Camus, A. (1948). The Plague. New York: Vintage, 1991. [La peste, Buenos Aires: Sudamericana, 1979, trad. Rosa Chasel]
Freud, S. (1915). On Transience. S.E. 14. London: Hogarth Press.  [La transitoriedad, Buenos Aires: Amorrortu, T. XIV].

Traducción de Valeria Muscio.
 

Otros artículos de: