Extraños en una tierra extraña

Gavril Hercz
 

Quizás la atmósfera ‘de pueblo’ de una unidad de diálisis, con su conexión única de pacientes y staff establecida a lo largo de los años, pudo funcionar como un grupo de contención.

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Casi parecía demasiado sencillo acordar compartir reflexiones sobre los cambios percibidos dentro de nuestra unidad de hemodiálisis desde que fue declarada la pandemia. Después de todo se habían percolado muchos pensamientos turbulentos, ocasionalmente teniendo sentido, mientras que otras veces se presentaban como ansiedades desconectadas. Pronto me di cuenta que no vendrían las palabras; quizás todavía los traumas actuales y reactualizados estaban muy cercanos como para contenerlos coherentemente. Espero que quizás una serie de fotografías pueda representar mejor nuestras experiencias actuales. 
 
En marzo del 2020 el mundo cambió. El período inicial se llenó de pánico, de peligros mortales no vistos, contra los cuales estábamos indefensos. Apenas había suficientes suministros EPI (Equipos de Protección Individual), evocando imágenes de clínicos martirizados a nivel mundial. Trabajar en el hospital, con la intensificación del riesgo de infección, resultó curiosamente en una mejor contención. Quizás la atmósfera ‘de pueblo’ de una unidad de diálisis, con su conexión única de pacientes y staff establecida a lo largo de los años, pudo funcionar como un grupo continente. Esto facilitó la transformación de nuestras ansiedades individuales mientras estrechaba también los lazos y mantenía al grupo unido. Estas conexiones e identidades, sin embargo, fueron distorsionadas por capas de máscaras, escudos y distanciamiento físico, creando barreras a las conexiones que hasta ahora habían sido espontáneas. A mediano plazo hubo que abandonar el contacto instintivo de consuelo.

Con el transcurso de los meses, se hicieron más notables la fatiga y la desesperación. El staff y los pacientes verbalizaban sus traumas personales, de miembros de la familia en respiradores en UCIs (Unidades de Cuidados Intensivos), de niños menos capaces de salir adelante, de separaciones prolongadas de sus seres queridos. A veces se compartían las historias más trágicas durante los breves momentos de encuentro. Sin embargo, a lo largo de esto, sin importar cuan inusual era el escenario o insuperable la barrera, el impulso humano a conectarse y dar contención parecía hacer que cada día fuera tolerable.

¿Cuál es la distancia segura óptima entre la tendencia natural a reconfortar y curar, aparentemente en conflicto con las preocupaciones por la autoconservación?

La cara de la resiliencia

La mayor carga de los cuidados recayó sobre las enfermeras, que están continuamente con los pacientes, 8 o más horas por día.

Las conexiones vitales de la vida

Un comentario de la esposa de un paciente, durante las rondas:

Me surgió este recuerdo cuando comenzó la COVID. Recuerdo cuando fue la epidemia de polio en Canadá, hace 74 años. Yo tenía 6 años y tenía una mejor amiga que vivía en la cuadra. Un día ella desapareció y nunca más hablamos de ella. Imagínese, en todos estos años, hasta ahora, no había pensado en ella.

Corredores vacíos, con pacientes solitarios navegando hacia sus puntos de diálisis, sin la oportunidad de socializar con otros pacientes o con el staff.

En cualquier dirección que mires están presentes las advertencias de salud pública.

En la cara de la adversidad prevalece el espíritu humano.

Al final del día, cuando dejas el hospital, entras momentáneamente en otro mundo, tanto interna como externamente, llenos de admiración, conectividad y esperanza.

 

*Todas las personas en las fotos arriba presentadas consintieron que se tomaran sus fotos y se publicaran online. 

 

Traducido por Silvia M. Koziol

 

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