Terror en el diván

Dr. Eugene J. Mahon
 

Los recientes actos terroristas de París me trajeron a la mente dos ejemplos de terror que viví, con los que luché y, relativamente hablando.

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Los recientes actos terroristas de París me trajeron a la mente dos ejemplos de terror  que viví, con los que luché y, relativamente hablando, reparé: 1, una observación en el patio de una escuela, y 2, un segmento de análisis de un analizando adulto. Cuando dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas de Manhatttan, el  11 de septiembre de 2001, induciendo terror en una ciudadanía  alarmada por meses, si no por años, oí a dos niños de cuatro años sosteniendo la siguiente conversación:

Ryan: ¿Sabías que recién se estrelló un avión contra una de las torres gemelas?”


Eve: “No, Ryan. Dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas. Lo hizo gente mala, pero nuestro presidente los va a atrapar y detener; y si él no lo hace, lo haré yo.” Uno sólo puede maravillarse ante el yo de esta niña su coraje y resiliencia.

Después del evento del 11 de septiembre de 2001 un analizando adulto asoció libremente con los ataques terroristas durante semanas. Por supuesto que esto resonó con muchos otros momentos de miedo y pánico en la vida de este hombre, pero me quiero centrar sólo en la especificidad de sus asociaciones con los eventos reales de ese momento. Imaginaba la difícil situación de los pasajeros y la tripulación, su terror y su pasividad imaginada en tanto se identificaba con su fatal situación. Podía sentir el pánico de ellos en el hueco de su propio abdomen, como si estuviera en el avión, mientras este se acercaba inexorablemente al final del viaje. Se encontró tratando de resistir esta  “identificación”  con su propia pasividad que lo condenaba al fracaso, mientras luchaba por encender un potencial más activo en su interior. Describió cómo su ego frustrado, desinflado, abrumado, podría elevarse sobre su pasividad imaginándose en la cabina luchando con sus asaltantes, pateándolos, azotándolos con su cinturón y la hebilla del mismo, o con cualquier otra arma casera rudimentaria que pudiera fabricar con objetos cercanos asequibles. En otras palabras, la agresión, de la que inicialmente se había despojado, cuando se "identificó” con el ataque sorpresivo de los agresores que aplastó su disposición para luchar y defenderse, pudo restablecerse en cuanto se forzó a sí mismo a desreprimir su propia agresión y convertirla de nuevo desde una pasividad intimidada en una capacidad de actuar enérgica y valiente. Semanas de “forzarlo” a inflamarse con fantasías activas para contrarrestar las pasividades debilitadoras restauraron su coraje habitual. (Esta es simplemente una viñeta: no puedo en este corto espacio consignar las contribuciones del contexto analítico o en realidad el contexto genético completo de las experiencias vitales tempranas y hacer justicia a toda la historia del desarrollo del yo de este hombre que le permitió deshacer los efectos del terror en un período de tiempo relativamente breve).

Uso estos dos ejemplos simplemente como un trampolín para una discusión psicoanalítica mucho más extensa sobre los daños y estragos que causa el terror sobre el yo del individuo y cómo ese daño debe ser comprendido y reparado  por las intervenciones terapéuticas. Freud hizo una distinción crucial entre la angustia que puede ser señal para que el yo guíe sus estrategias defensivas y el pavor que describe un yo que ha sido abrumado, desde que no tuvo tiempo suficiente para prepararse para un ataque sorpresivo. Si en efecto el yo ha sido abrumado traumáticamente en el momento de terror, no podrá desplegar sus  estrategias defensivas más sofisticadas y sólidas; regresará a un estadio más primitivo de reacciones defensivas infantiles. En realidad es esta evaluación del estado regresivo del yo la que permite saber en primer lugar al diagnosticador que el terror traumático ha abrumado y dañado al yo. El corolario terapéutico, por supuesto, es que cuando el yo recupera su resiliencia previa se reafirman los mecanismos de defensa evolutivamente más desarrollados. Estas ideas generales de ninguna manera capturan la complejidad del viaje terapéutico desde un estado de desamparo abrumador a un estado en el cual la estabilidad mental y el coraje han sido restaurados. Los parisinos que salieron a los restaurantes cantando "yo no tengo miedo” habían recuperado la  estabilidad emocional que les había sido quitada inicialmente. El desafío para los profesionales de la salud mental es comprender cómo la valentía se puede reafirmar tan rápidamente en ciertos individuos y es tan difícil de inculcar en otros. El gran alcance del psicoanálisis ha proporcionado no escasa experiencia clínica que ilustra cuán aterrorizados están muchos individuos, basados en los traumas acumulativos de su infancia. Es como si hubieran vivido su infancia, y a menudo durante toda su vida, en un reino privado de terror. El trabajo terapéutico de ayudar a esos individuos a restaurar alguna fuerza del yo nunca lograda o a la que renunciaron prematuramente puede ser heroico e intimidante. Nunca fue fácil formular con precisión la acción terapéutica del psicoanálisis o la psicoterapia, pero todos los analistas concuerdan en que la atmósfera terapéutica guiada por la empatía y el insight es sanadora. Si “el hombre nace roto y vive reparando”, como sugirió Eugene O’Neill, la reparación del individuo debe encontrar el coraje para sostener un espejo sobre sus propias potencialidades rotas en su desarrollo y reparar las escisiones de sus rupturas psíquicas, apoyándose en la sociedad y sus instituciones para estar seguro. El psicoanálisis es sólo una de esas instituciones, pero una importante: desde sus orígenes ha sido atacado por terroristas intelectuales que intentaron burlarse de la osadía de sus descubrimientos revolucionarios sobre los instintos. Traumatizado e intimidado, a veces ha retrocedido, retirándose de la audacia de sus atrevidos descubrimientos, y quizás él mismo actuó como una víctima de trauma y terror. Pero siempre reparó esas tendencias regresivas, y reafirmó su creencia en la dignidad de la verdad intrapsíquica absoluta, una verdad que une instinto e intelecto e insiste en que no se puede permitir a ninguno de los dos limitar  al otro, en tanto que la dignidad y la virtud serían en realidad conceptos huecos sin lo medular del instinto que les da autenticidad. En este contexto es crucial que la sociedad recuerde que el terror no es un fenómeno reciente. Sólo un hombre engañado se rehusa a reconocer el animal en su interior. La historia no nos permite olvidar que la unión entre la naturaleza animal y la naturaleza del homo sapiens no es una unión hecha en el cielo sino en el infierno de los recursos darwinianos. Los realistas reconocen que es la mejor unión imaginable. Retrospectivamente es estremecedor contemplar las palabras de Robespierre en su discurso de 1794 en la Convención Nacional Francesa: “si la base de un gobierno popular en tiempo de paz es la virtud, sus bases en tiempos de revolución son la virtud y el terror – virtud sin la cual el terror sería bárbaro; y terror sin el cual la virtud sería impotente”. En tanto esto parece el terror tratando de racionalizar sus atroces instintos, el psicoanálisis todavía insiste en que la salvación del hombre depende de su reconocimiento de que es un animal instintivo que aprendió a controlar sus instintos y transformar lo que podrían ser  atrocidades en arte, moralidad, insight, instituciones sociales. Insistió en que Eros y Tánatos existen lado a lado y deben aprender a cooperar uno con el otro en vez devorarse uno al otro. Freud insistió en que es la agresión negada, el instinto reprimido lo que lleva a los incesantes ciclos de guerra, la guerra como un trágico retorno de lo reprimido que nunca alcanzó el insight de su propio esclarecimiento potencial. Cuando los individuos arrasados por la guerra vuelven a la sociedad y encuentran que su estructura les resulta ajena, atormentados como están por sueños recurrentes de trauma, supervivencia, culpa, pánico, una amenaza tóxica interna que tratan de procesar y reprocesar en sus sueños, de reparar el miedo inicial sorpresivo que abrumó sus egos, Freud argumentó que la naturaleza recurrente de estos sueños traumáticos era un intento desesperado de restituir al yo lo cuidadoso, reparador, restaurador del alma que fue robado instantáneamente por lo repentino del momento traumático de terror.

En cierta manera, todas las intervenciones terapéuticas tratan de lograr lo que los yo durmientes de esos soldados trágicos, traumatizados por la guerra, intenta llevar a cabo  cada noche mediante la desesperación de sus sueños: una reparación del miedo que dejó al yo, por así decir con una sola pierna psíquica para mantenerse de pie, un acto de regresión. La relación terapéutica se puede pensar como el agente de esta reparación, aún cuando el proceso intrapsíquico de la misma es casi imposible de definir. De alguna manera ayudamos al yo maltratado a subirse a la cabina y luchar con los terroristas que temporariamente ganaron la posesión y el control del plano intrapsíquico. Si se puede comparar el proceso terapéutico con una fantasía, como sugiere Loewald, es principalmente una fantasía sanadora, por supuesto, en la cual el coraje trata de defenderse por sí mismo, librarse del pánico regresivo que insiste al principio en que el miedo sólo puede ser reparado en el desamparo regresivo, y niega este colapso inicial del armamento del yo.

De la educación terapéutica de las fantasías reparadoras debe surgir un plan de campaña. Si el pensamiento es una acción de prueba, la fantasía pensada debe llevarse algún día a la capacidad de actuar  Los niños jugando están siempre anticipando su futura capacidad de actuar, una especie de programa de momentos de desarrollo y progreso. Postulé en otro trabajo (Mahon 2004) que jugar y elaborar son análogos, en el sentido de que la elaboración trata de poner al insight a trabajar en la vida real, más que dejarlo instalarse en una complacencia intelectual que tiende a “perder el nombre de acción”, como lo expresó Hamlet. Cualquier profesional terapéutico, que haya luchado para lograr que el insight difícilmente ganado no “pierda el nombre de acción” sino que lucha para imponerse en una acción significativa, conoce muy bien los procesos progresivos y regresivos del trabajo terapéutico.
Pero todo proceso terapéutico es análogo en algún sentido a la extraordinaria tarea de tratar de superar los efectos del terror en la mente humana. Esos ciudadanos parisinos que cantaban ÿo no tengo miedo” son en verdad modelos ejemplares para todos nosotros. También lo son Eve y el analizando que insistía en  subir a la cabina para luchar con sus atacantes, insistiendo en que su yo recupere el coraje perdido en un momento de pánico y terror. Hay muchos ciudadanos que no lo pueden lograr basándose en un conjunto de factores, cuantitativos, cualitativos, genéticos, dinámicos, constitucionales. Todos deben consignarse al hacer una evaluación diagnóstica y pronóstica. Es un trabajo duro que tiene sus penas, decepciones pero también sus recompensas. Recuerdo trabajar con una niña que había sido terriblemente herida por la pérdida relativa de su padre cuyo divorcio la privó temporalmente de él. Dibujó una casa. Tuvo mucho cuidado dibujando la puerta de la casa. "Una puerta es una lágrima en una casa” dijo.

La ansiedad de separación tuvo componentes de terror para ella mientras se imaginaba las espantosas consecuencias de la partida del padre, un padre matado para siempre en la imaginación de la niña porque su escasa comprensión de su propia agresión destruyó la constancia de su amor. Había una lágrima en su alma que no podía sacar, siendo el dibujo un doloroso desplazamiento y sublimación del dolor.

Muchos meses después en la atmósfera de juego del proceso terapéutico, mientras discutía el divorcio, los arreglos de la custodia, las idas y venidas de una casa a la otra, comenté enfáticamente üna puerta es una lágrima en una casa”. Ella me corrigió orgullosa y descartándolo: "oh!, ya superé eso”. No había seguido el progreso de su yo y recibí lo que merecía. Castigado, pero orgulloso de su progreso, lo sentí como uno de los mejores errores que alguna vez cometí. Uno siente que llegará el momento en que el colectivo París, personificado, será capaz de decir: "ya superé eso". Todos superamos la tragedia, trauma, terror no reprimiéndola sino recordándola. Quizás los recuerdos nunca sean nuevamente inocentes, pero es posible que nunca lo fueran, nunca deberían haberlo sido: su mejor apuesta es insistir siempre en que el amor está más asegurado, es más inexpugnable (irresistible), cuando nunca se pierde de vista la propia saludable y adaptativa agresión, nunca se la reprime, sino que se la preserva como una   capacidad de actuar potencial, aún enfrentando el terror y la depravación.
 
 

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