Cerrando la brecha: La diferencia sexual en el ciberespacio

Dr. Thomas Munday
 

Un objetivo concreto del psicoanálisis freudiano es el reconocimiento de la alteridad a través de la aceptación de la diferencia sexual. ¿Esto es posible en la era de internet?

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A pesar de que internet estuvo con nosotros desde hace algún tiempo, se entiende muy poco cómo nos afecta como sujetos distintos pero interrelacionados. La última gran conmoción de magnitud comparable  en tecnologías de la comunicación ocurrió muy atrás, en tiempos Isabelinos, con la invención de Gutenberg de la imprenta, produciendo una revolución duradera en el conocimiento y en las relaciones humanas. Hoy “estamos experimentando las mismas confusiones e indecisiones que (los Isabelinos) sintieron cuando vivieron simultáneamente en dos formas contrastantes de sociedad y experiencia.[1] Atrapados entre dos mundos (pre-internet y los mundos de internet), nos esforzamos por entender este fenómeno que se mueve más rápido de lo que podemos esperar entenderlo. La tesis que adelantamos es que el ciberespacio es un ámbito que se juega en la difícil brecha entre sujetos y sexos, borrando el borde amenazante presentado por la diferencia y la realidad de nuestros cuerpos – aún con todo lo que ganamos en confort desde huidas a refugios basados en la web, quizás perdemos el potencial de un encuentro con otro real.

Cualquier observador casual del impacto de internet en nuestras vidas no puedo evitar notar una especie de estancamiento de la personalidad individual acompañado por la globalización de la cultura y la concentración del poder de diseminación de la información en manos de unos pocos cada vez más concentrados. Por supuesto, la ironía yace en nuestros desesperados y constantes intentos de afirmar nuestra individualidad a través de la auto-publicación y la auto-publicitación online, a pesar del continuo menoscabo de aquellas particularidades vitales que nos permitirían distinguirnos de los otros. Quizás se comprende mejor este proceso si adoptamos alguna versión modificada del punto de vista de Marshall McLuhan,  de que los medios electrónicos conducen en última instancia a la creación de una “aldea global”. La frase de McLuhan, así como es tan atractiva en su giro por su concisión, es engañosa.[2] Los medios de hoy de internet deberían ser llamados más exactamente una metrópolis global, aunque tal invención difícilmente podría tener el mismo atractivo imperecedero. Aunque este señuelo juega precisamente con el hecho de la implicación cálida y nostálgica del término “aldea”, nos pone en ridículo al hacernos pensar que la web nos hace estar más cercanos.

La “aldea” es tranquilizadora en términos de seguridad e identidad – cada uno sabe quiénes son todos los otros y saben qué esperar. Las identidades están fijadas en el lugar por la estabilidad y la regularidad de las relaciones en la aldea; en una palabra, familiaridad. El medio de encuentro en la ciudad, sin embargo, es el anonimato. Se abre un espacio emocionante pero que también provoca angustia, en el cual, desarraigado de la particularidad de tener cimientos en la tierra, uno puede reinventarse en la ciudad. Los encuentros online en la ‘metrópolis global’ pueden tomarse como evidencia de la continuación de esta tendencia, solo es destrozada otra raíz basada en la tierra – ahora los individuos se juntan como voces incorpóreas. La filosofía del imperialismo de Mark Zuckerberg de “una identidad” opera precisamente contra esta posibilidad radical de desconexión de la identidad del origen físico que presenta internet. Mediante su insistencia en unificar los elementos dispersos de una ‘historia’ perdurable, facebook parecerá ser un ejemplo de la recreación online de la familiaridad de la aldea, pero en realidad es solo una formación reactiva contra la forma en que internet revela la fragilidad de nuestros intentos de constituir una identidad singular.

En la metrópolis global muchas de las cosas suceden de la misma manera que en la ciudad, con la estratificación de la sociedad en grupos de personas afines que encuentran la confirmación que están buscando en su nicho cultural o en otro que les permite afirmar ‘quiénes son’. Si en la aldea somos tanto reconfortados como frustrados por el hecho de que somos ‘definidos por los otros’, por las palabras y miradas de nuestros vecinos, en la ciudad nuestros vecinos más cercanos pueden hablar otro idioma y vivir en un mundo totalmente diferente, dejándonos lugar para definir el nuestro como mejor nos parezca. Sin embargo esta experiencia es perturbadora y  provoca  angustia en lo que respecta a nuestras identidades, porque sin sus diversos apoyos externos estamos enfrentados a la nada del sujeto – en términos lacanianos, nos enfrentamos con el vacío que es el sujeto, “una simple brecha sostenida por el deslizamiento sin fin de un significante hacia el otro”.[3] Internet es el lugar donde estos significantes se multiplican infinitamente con el fin de reasegurarnos frente a la inquietante descontextualización que es la marca del tiempo posmoderno –  internet  como medio es sintomático de esta desestabilización de las subjetividades que se puso en movimiento mucho antes de su concepción. 

Moldeamos nuestro “segundo yo” online, tomando prestado el término de Sherry Turkle.[4] Mientras esta nueva posibilidad de reinvención personal puede ser vista acertadamente como permitiendo la proliferación de fantasías, estaríamos equivocados al suponer que por eso uno encuentra un gran nivel de diferencias en la red.  Ahora, con el advenimiento de Google, tenemos una herramienta que nos permite encontrar la información precisa, objetiva, personal u otra que estemos buscando con un mínimo de esfuerzo, evitando todo lo demás. Es de conocimiento común que los sitios como Facebook, lejos de abrirnos al gran mundo, nos proporcionan un circuito cerrado a través del cual lo que llamamos adecuadamente ‘alimentación’ de la información ya sabe cómo corresponder a nuestros gustos y opiniones. En tanto mejoran los algoritmos, a través de la publicidad dirigida incluso nos dicen qué estamos buscando antes de que nos demos cuenta de qué buscamos – todo en nombre de lo que, en el discurso ‘de Google’ es conocido como proveer al usuario una experiencia perfecta’. 

Desde una perspectiva psicoanalítica, la noción de una experiencia perfecta es altamente interesante, pero que también despierta sospechas – si el analizando afirma que nada, de ninguna manera, está mal, uno está casi seguro de sospechar lo opuesto. La producción de experiencias perfectas suponen que no hay brechas, choques, inconsistencias o bordes rugosos remanentes – todos los cuales son característicos de la experiencia en la vida real (VR). Nos dan, entonces, la promesa de una existencia sin falla, y no asombra que muchos lo prefieran a la realidad cotidiana que debemos enfrentar cuando salimos del ciberespacio. Allá podemos flotar de espacio en espacio, proyectar nuestras imágenes ideales y alimentar nuestras fantasías. Aquí estamos limitados por el peso físico de nuestros cuerpos y sus imperfecciones pero también por la incómoda dificultad de encontrarse con los otros. Estos dos fallos incómodos que enfrentamos en la VR son parte de lo que nos motiva, produciendo impactos que nos corren de nuestros vuelos de fantasía y nos llevan a estrellarnos con la realidad.

Entonces, con internet, uno está tentado a preguntar si debemos o no hablar de una economía de lo mismo – todos en el planeta usan los mismos programas, confirmando sus sentimientos preexistentes del self con la ayuda y complicidad de personas que piensan igual. En la red obtenemos lo que estamos buscando – las sorpresas son inusuales. ¿Cuál es, entonces, el margen de diferencia? Los sitios de citas online son un ejemplo perfecto de la forma en la que internet intenta eliminar la fastidiosa cuestión de la diferencia – actuando como si pudiéramos escoger racionalmente el compañero perfecto basándonos en criterios de coincidencias, minimizando el riesgo de fracaso, pero sobre todo el peligro de tener que cambiar. Como resultado, en la mayoría de los casos la modalidad de la relación  que los formularios  suponen como sus antecedentes es un tipo de contrato hipotético en el cual cada participante en el acuerdo acepta o no dejar de lado uno u otro de sus requisitos para adaptarse al funcionamiento de su ‘estar juntos’ y el juego continúa hasta que uno o el otro decide que la relación no vale la pena en relación al criterio de él o ella de ‘lo que están buscando en la vida’. En ningún momento uno u otra se permiten caer en la brecha del medio – la brecha llamada amor. El nuevo modo de constitución de relaciones no solo detesta la posibilidad peligrosa de enamorarse de algún otro, sino que también desestabiliza el vínculo con el otro en nuestras relaciones actuales introduciendo la posibilidad idealizada de otro que podría adaptarse mejor a  nosotros.

De hecho, internet hace posible una nueva forma de vínculo amoroso – uno virtual en el que dos individuos se consideran enamorados uno del otro aunque nunca se hayan encontrado en la vida real. El hecho de que esta forma de relación de produzca cuando uno o ambos de los miembros activos de esta ‘unión’ están ya en una relación en la vida real sugiere que las proyecciones fantasmáticas juegan un rol importante en este acuerdo, en el cual cada uno proyecta en la figura de amor virtual lo que creen estar perdiendo en su relación actual. Por supuesto, las fantasías juegan un papel importante en cualquier relación, pero en la VR la presencia física y emocional del otro mantienen esas fantasías controladas. Todo esto no quiere decir que las relaciones que solo se desarrollan en internet no produzcan emociones muy reales, porque se pueden producir investiduras muy intensas.[5] Uno se pregunta, sin embargo, de qué es que somos investidos sino también desde qué posición se produce esta investidura. Testimonios de relaciones virtuales intensas muestran que muy a menudo cuando se produce el encuentro en la VR los resultados son catastróficos – el marco de fantasía que ha sido construido a través de la intermediación de la pantalla ha permitido una libertad de expresión que no se encuentra en otro lado, pero la confrontación con la persona de carne y hueso puede ser insoportable, precisamente por la presencia corporal del otro que nos interroga en nuestra intimidad. En la red los cuerpos no existen, y no aparece la amenaza del sexo.

A pesar de la gran capacidad del edificio teórico freudiano para aceptar variaciones en las prácticas amorosas y sexuales, una relación puramente virtual no puede evitar aparecer como insuficiente si se toma dentro de los parámetros del desarrollo psicosexual. Freud demostró cómo el individuo atraviesa varios estadios cuya ‘meta’ final es el coito genital completo con un compañero, que indica el sello de la madurez total. ¿Por qué insistir en esta relación sexual? Porque sin ella uno pierde incluso el encuentro con el otro. En un registro psicoanalítico este encuentro radical con el otro se produce en el coito, en el que cada uno de los participantes se reduce a un ‘estado cero’ de mera subjetividad en el acto sexual. En la era de internet, este encuentro está a menudo reemplazado por lo que ha permanecido manifiestamente ausente de este ensayo – la pornografía. La pornografía es otra en las series de ejemplos de cómo en la red el Otro es borrado a favor de uno Mismo, porque el Otro demanda nuestra atención y respeto en tanto que la familiaridad del Mismo no lo hace – podemos encontrar la práctica sexual exacta que se ajusta a nuestra fantasía sin tener que tratar con la realidad de otra persona, cerrando la brecha entre una fantasía y su realización.

Desde luego, tal caracterización se ajusta bien a la conclusión de nuestro análisis de internet, y deja a la antigua noción freudiana del ‘principio de realidad’ pareciendo pertenecer a un tiempo pasado en el cual las propias fantasías no podían realizarse fácilmente. Ahora, junto con los avances de la ciencia, tecnologías virtuales tales como internet han permitido precisamente que tal cierre de la brecha tuviera lugar. En nuestros días, ¿podría estar justificado pedirle a alguien ‘volver a la realidad’? Si uno está satisfecho de permanecer en ese espacio virtual entonces nunca necesitamos encontrar la alteridad o nuestra propia carencia. Aún queda la impresión de que donde abandonamos cualquier referencia a la ‘realidad’ juntos se perdería algo adecuado o auténtico. Para el psicoanálisis, la última diferencia ‘real’ es la diferencia sexual – en los estadios de desarrollo psicosexual el punto de inflexión crucial es el reconocimiento de la diferencia sexual y su aceptación como resolución del complejo de Edipo. Hasta este punto, la diferencia sexual y por lo tanto la diferencia como tal no existe. Al reconocer que existe otro que no es como yo acepto la diferencia y la posibilidad del Otro a quien necesito para vivir una vida completa. El internet y su lógica de lo Mismo amenazan la posibilidad de este reconocimiento crucial.

Bibliografía
McLuhan, M. (1962), The Gutenberg Galaxy. University of Toronto Press.
Turkle, S. (2005), The Second Self: Computers and the Human Spirit. London, MIT Press.
Zizek, S. (2008), The Plague of Fantasies. London, Verso.
 
[1] McLuhan (1962), p.1
[2] Más tarde McLuhan reconoció esto y después de Understanding Media comenzó a referirse a un “teatro global”
[3] Zizek (2008), p.104.
[4] Ver Turkle (2005).
[5] Ver Zizek (2008), p.179-180.

Traducción: Silvia M. Koziol
 

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