Algunos fantasmas que acechan a nuestras Naciones Europeas
Dr. Eric Smadja
Los fantasmas que perturban a nuestras naciones democráticas europeas presentan algunas características vitales relacionadas a nuestras sociedades contemporáneas y luego a las naciones democráticas.
Para analizar y entender algunos fantasmas que acechan a nuestras naciones democráticas europeas, presentaremos algunas características necesarias de nuestras sociedades contemporáneas y de las naciones democráticas.
Nuestras sociedades contemporáneas
En 1939, el sociólogo Norbert Elias escribió que nuestras sociedades modernas están llenas de contradicciones, de tensiones y de explosiones. Esto se ve confirmado por sociólogos contemporáneos como Edgard Morin (1984), quien considera que nuestras sociedades contemporáneas conllevan un “grado inaudito” de desorden en el desarrollo mismo de su complejidad, o más bien de su “hipercomplejidad”, y por eso están a la vez en evolución y en crisis permanente. Esa inestabilidad permanente hace que el juego de complementariedad social sea también un juego de antagonismos, en el que las diferencias son también un juego de oposiciones; además, Morin considera que la inestabilidad está poco integrada culturalmente. Lo implacable de las normas y prohibiciones se ha debilitado, pero a su vez las áreas de anomia, marginalidad y originalidad son más o menos toleradas.
Pero estas sociedades, siendo más tolerantes a las desviaciones y a la originalidad, incluyendo lo artístico, lo intelectual y lo científico, se abren a la vez a la incertidumbre, a los acontecimientos, a las desviaciones, a las innovaciones producidas por uno o unos pocos individuos. En consecuencia, nuestras sociedades atraviesan experiencias de ruptura en el que el “trabajo de continuidad” asegurado por la herencia cultural fracasa. Según mi propia formulación, la ruptura corresponde a un fracaso de la Kulturarbeit colectiva y de las transformaciones desorganizadoras-reorganizadoras que provocan fragilidad, atacando y socavando sus principales garantes simbólicos (particularmente la familia, Iglesias, Estados, modelos de pensamiento y de comportamientos instituidos). Todos nosotros estamos, como miembros de la sociedad, evidentemente atrapados en esas turbulencias históricas y socioculturales incontrolables, llevados por estas corrientes desintegradoras-reintegradoras.
En cuanto a nosotros, miembros, individuos, estamos atrapados entre las exigencias o exhortaciones sociales paradójicas y nuestras necesidades individuales. Estos movimientos desintegradores-reintegradores participan de la fragilización identitaria individual, desgarrados cada vez más entre los múltiples componentes.
Además, detectamos una singularización de los individuos en sus relaciones con los demás, así como una libertad de elección más amplia entre un mayor número de posibilidades, que va de la mano de un aumento del riesgo.
La evolución social hacia un más alto grado de individualización ha abierto para el individuo la vía hacia ciertas formas de satisfacción o realización y al mismo tiempo, a dolorosas insatisfacciones y fracasos debido al sistema de competencia feroz establecido por nuestras sociedades contemporáneas.
Las naciones democráticas europeas
Si las caracterizamos brevemente en términos sociológicos, nuestras sociedades contemporáneas están organizadas en su mayoría en una multiplicidad de naciones o Estados-nación, entre las cuales las europeas fueron históricamente las primeras.
En su artículo de 1920, Mauss define la nación como una sociedad socialmente integrada, con poder central, estable y permanente, dentro de fronteras bien definidas. Incluye una unidad económica y una unidad política, es decir militar, administrativa y jurídica, que posee su propia civilización, estética, moral y material y casi siempre su lengua, así como una mentalidad propia.
Mauss observa que todo, en una nación moderna, individualiza y uniformiza a sus miembros. Es homogénea, supuestamente constituida por ciudadanos iguales, se simboliza mediante una bandera y tiene su culto, la patria. Tiene un derecho interno opuesto al derecho internacional, tiene sus fronteras y sus colonias.
Si el nacionalismo aísla la nación, el internacionalismo es el conjunto de ideas, sentimientos, reglas y agrupamientos colectivos que tienen como objetivo concebir y dirigir las relaciones entre las naciones y entre las sociedades en general.
Por su parte, Edgar Morin (1984) considera que la nación, la nacionalidad y el nacionalismo se han extendido por el planeta, que la reivindicación de la nacionalidad se ha convertido en una reivindicación universal. Por otra parte, la nación le permite a cualquier miembro individual construir y establecer su identidad nacional, uno de los componentes identitarios predominantes en la actualidad, en el seno de un territorio geográfico con fronteras bien definidas, pero también en el contexto de una historia gloriosa y un rico complejo cultural.
Por último, Morin piensa que el mundo actual, al suscitar incertidumbres e inquietudes, frustraciones y lesiones en la individualidad, en particular debido a la temible competencia entre los hombres y las naciones, conduce a vivencias de fracaso y a conductas de aislamiento, ya que la identidad nacional permite responder a las necesidades de afirmación y de seguridad. De la misma forma, esta profunda investidura del individuo sobre su nación, fuente objetiva de poder que constituye el Estado, participa conjuntamente para hacer del nacionalismo una actitud “cuasi-religiosa”. Para él, el nacionalismo es de lejos la religión dominante en el mundo occidental.
En cuanto a las democracias, están llenas de “sonido y de furia” en virtud de sus principios constitutivos, la libertad y la igualdad. Según Eugene Enríquez (1983), la igualdad desemboca en la competencia por el poder y, la similitud de las condiciones, en la voluntad de diferenciación.
En su principio mismo, la democracia construye un mundo en el que la gestión de la violencia de cada uno está mal resuelta y que incluso su funcionamiento alienta un crecimiento de esa violencia, al interior o al exterior. La violencia está en principio contenida y “regulada” por una nueva instancia: el Estado, representante del pueblo. Este le otorga no sólo un cuerpo físico (el aparato burocrático), sino también un cuerpo místico (la idea de Nación y de Patria) que, si fuese necesario, daría lugar a la división definitiva del pueblo en categorías y en clases antagónicas (Enríquez, 1983). El Estado se presenta entonces como el cuerpo indispensable en el que las múltiples diferencias, en lugar de rivalizar, tenderían a conjugar sus esfuerzos.
Los fantasmas de nuestros Estados-nación democráticos
Podemos identificar tres categorías de fantasmas colectivos, comunes y compartidos por los miembros: aquellos que son propios a cualquier sociedad, aquellos que son característicos de nuestras sociedades contemporáneas, y por último aquellos que son más específicos a la historia de las naciones europeas. Entre aquellos que serían propios a toda sociedad amenazada y acechada desde el interior, podemos citar, retomando a Freud:
- La pulsión de agresión y de destrucción, “derivada y representante de la pulsión de muerte”, que se encuentra en el origen de la hostilidad primaria de los hombres, los unos contra los otros, y que por lo tanto amenaza a cualquier sociedad de desintegración. El principal medio de protección, según Freud, sería el establecimiento de un superyó individual que mantenga relaciones solidarias con el superyó cultural. Sin embargo, ella también participa en los movimientos necesarios de cambio social.
- El narcisismo “de las pequeñas diferencias”, que subyace a la corriente latente omnipresente de la xenofobia;
- El peligro de la indiferenciación de los individuos-miembros, es decir, la amenaza de desintegración de la identidad;
- Por último, el individualismo o la preponderancia de intereses narcisísticos sobre los intereses objetales de los individuos en detrimento del grupo, del “yo” sobre el “nosotros”.
Entre aquellos fantasmas característicos de la sociedad contemporánea:
La exacerbación del individualismo contemporáneo y la proliferación de las subculturas, crisol de múltiples innovaciones, contribuyen a la fragmentación social y cultural y participan por lo tanto de la corriente desintegradora de nuestras sociedades, uno de los principales peligros. Así, los individuos son presa de múltiples afiliaciones socioculturales e institucionales heterogéneas que participan en su fragmentación identitaria.
Por otra parte, la libertad y la igualdad, valores fundacionales de nuestras democracias, se ven obstaculizados por las crecientes desigualdades, las frustraciones y las injusticias, causadas por un apremiante empuje hacia el consumo y a la competencia feroz en el campo económico principalmente, abandonando así a los “perdedores” y despertando en ellos hostilidades latentes, movimientos de envidia destructiva y de celos. Se trata del fantasma de la violencia siempre presente en el seno de cualquier sociedad, y particularmente democrática.
Por otra parte, la reivindicación de las libertades y los derechos de los ciudadanos, propias de las democracias que asumen los riesgos, va de la mano de un debilitamiento de los medios de protección, de seguridad, que deben ser proporcionados por las instancias del Estado. Pero éste no juega su rol de protección ni de garante simbólico, ya que está más preocupado por el ejercicio de su poder, como por sus relaciones de competición, incluso la guerra, con otros Estados.
De hecho cualquier Estado, incluso democrático, juega un papel paradójico: debe proteger, limitar, prohibir, regular, arbitrar, ejercer su papel como Padre, pero es todopoderoso en la mentira, la manipulación y el mantenimiento de las ilusiones y las creencias de sus súbditos. El Estado representa entonces el fantasma contemporáneo del “padre omnipotente primitivo” que maltrata a sus protegidos y mantiene la división constante entre los gobernantes y los gobernados. La claudicación actual del Estado en nuestras democracias europeas en el ejercicio de su función paterna, que no es compensada por los organismos internacionales tales como las Naciones Unidas, por ejemplo, nos expone entonces más fácilmente a los ataques de cualquier tipo, en particular de naturaleza terrorista, individual o grupal.
Por último, la corriente de internacionalización de diferentes fenómenos económicos, sociales, culturales, políticos y jurídicos tiende inevitablemente hacia una uniformidad de las sociedades, de sus representaciones, modelos de pensamiento y prácticas, pero también conduce a una sumisión inexorable a un nuevo orden y funcionamiento mundial. Esto es lo que amenaza considerablemente la autonomía y la integridad identitaria propias de cada nación en peligro de dependencia, de alienación, pero también de indiferenciación. Estas angustias reactivan una corriente omnipresente de reivindicación libertaria e identitaria que actuará como una compulsión a la repetición, la cual adoptará la forma de un nacionalismo defensivo.
En cuanto a los fantasmas propios de las naciones europeas, algunos tienen el valor de traumas históricos que actúan también como una compulsión a la repetición, siendo reactivados por acontecimientos actuales. Estarían vinculados, en particular, con su historia de cristianización del mundo extra-occidental, de esclavitud y de colonización, de las guerras que habrían determinado los genocidios y los etnocidios apuntalados por una ideología, la de considerar a los no europeos como sub-humanos, dominables, comercializables en esclavos, convertibles en buenos cristianos, educables en nuevos civilizados.
La imposición de la nueva civilización europea a todos esos pueblos, de la que aún estaban desprovistos, a partir de la masiva colonización del siglo XIX y más tarde, la fase de la desastrosa descolonización así como algunos genocidios y etnocidios, ha engendrado, probablemente después de un cierto tiempo de latencia, un sentimiento de culpabilidad inconsciente en estas naciones colonizadoras, en diversos grados y en función de cada una, que se manifiesta en diversas formas de responsabilidad frente a la nueva situación económica y social muy precaria en estas nuevas naciones. Por no hablar de su situación política debida a sus gobernantes, motivada exclusivamente por el ejercicio del poder y la acumulación de riquezas en detrimento de sus ciudadanos. Además, ellos permanecen todavía bajo una tutela más o menos directa de sus antiguas naciones colonizadoras.
Aún más, los fenómenos de “mundialización”, de “globalización” económica al servicio de los intereses de las corporaciones multinacionales, determinan un aumento de las desigualdades económicas entre las naciones. En efecto, estos contrastes violentos entre las naciones europeas desarrolladas, industrializadas, llamadas ricas, y las nuevas naciones resultantes de la descolonización, llamadas pobres, pertenecientes al “Tercer mundo”, promueven movimientos migratorios cada vez más masivos desde estos países pobres hacia los países llamados ricos, lo que reactiva corrientes xenófobas, siempre presentes y más o menos latentes en cualquier sociedad europea, sostenidas por vivencias de intrusión, de invasión, de persecución. Y es más intensa en tanto estas naciones están experimentando un estado de grave crisis social y económica. Sin embargo, esta corriente xenófoba reactivada entra en conflicto con una corriente de deseo de reparación, de “expiación de sus errores históricos” que se expresa a través de diversas medidas de ayuda de los Estados y las Organizaciones no gubernamentales, humanitarias. En consecuencia, nuestra acogida es de naturaleza fuertemente ambivalente, así como la situación anímica de los migrantes, en un estado de duelo y de crisis identitaria.
Nuestras naciones democráticas europeas, perturbadas por estos múltiples fantasmas, desgarradas por conflictos y divisiones, viven un profundo sufrimiento y revelan un fracaso mayor de la Kulturarbeit colectiva e individual (Smadja, 2013). Este fracaso es también correlativo a una falla en el funcionamiento del Estado y de sus representantes, nuestros gobernantes, así como de otros garantes simbólicos en el ejercicio de la función paterna que les fue asignada y es esperada por todos en vano.
Referencias bibliográficas
Elias N. (1939-1969), La dynamique de l’Occident, Paris, Calmann Levy « Agora », 1977.
Enriquez E. (1983), De la horde à l’Etat, Paris, Gallimard.
Freud S. (1930), Le malaise dans la culture, OCF.P, XVIII, 1926-1930, PUF, 1994.
Mauss M (1920), « La Nation », Œuvres, 3, Paris, Minuit, pp. 573-625.
Morin E. (1984), Sociologie, Paris, Fayard « Points ».
Smadja E. (2013), Freud et la culture, Paris, Puf.