PREJUICIO: razón y no-razón

Dra. Viviane Sprinz Mondrzak
 

El prejuicio es un fenómeno complejo que debe ser observado en sus múltiples dimensiones, incluyendo sus aspectos concientes e inconcientes.

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¿Es posible vivir sin prejuicios? ¿Cómo debe ser entendido este concepto? ¿De qué forma el psicoanálisis puede contribuir a la discusión que hoy día consideramos multidisciplinaria? En la actualidad, se piensa al prejuicio como un fenómeno amplio y complejo que requiere de los aportes de varias áreas del conocimiento para su comprensión, siendo el  psicoanálisis una de ellas. Así, es imprescindible que el psicoanálisis (así como cualquier otra de las áreas de la ciencia) no busque ‘la explicación’, sino más bien se interrogue sobre la parte del fenómeno para la cual dispone de instrumentos para observar y comprender, o sea, los aspectos psicodinámicos, en sus registros consciente e inconsciente. 

La palabra ‘prejuicio’ deriva del latín praejudicum que se refiere al juicio hecho antes de cualquier experiencia, algo así como el concepto kantiano de a priori, y se refiere a los valores heredados que organizan categorías necesarias para la construcción de relaciones. Es lo que observamos en el niño: todo lo que es clasificado como no-madre, es totalmente diferente. El niño comienza organizando lasexperiencias en grandes categorías opuestas: bueno/ malo; conocido/desconocido; seguro/peligroso, igualando todo lo que está en la primera categoría (conocido/seguro/bueno), y todo lo que está en el segundo polo (desconocido/peligroso/malo). La ansiedad frente a los extraños sirve como modelo de una de las primeras manifestaciones prejuiciosas dejando en claro una de sus principales funciones a lo largo de toda la vida: autoprotección, seguridad, eludir peligros a través de la búsqueda de lo conocido y la evitación de lo diferente. Convivir con las diferencias y la diversidad es un aprendizaje que necesita ser revisado en todo momento.

Así, es necesario enfatizar que no es posible concebir el funcionamiento de la mente sin pre-juicios, ya que se trata de un proceso psíquico que clasifica estímulos, registra semejanzas y diferencias y es, por lo tanto, esencial al desarrollo del pensamiento lógico. Respecto de esto Akhtar (2007), destaca el riesgo de separar categorías de individuos en prejuiciosos y no prejuiciosos. Lo que propone es que se piense a cada individuo como portador de una parte prejuiciosa y otra no prejuiciosa de la personalidad.  La primera se caracterizaría por la omnipotencia, arrogancia, aversión al conocimiento e intolerancia a las diferencias; la segunda, por la  flexibilidad, humildad y curiosidad en relación al otro. La proporción de cada una en la dinámica psíquica de cada uno (y su evocación por efecto de gatillos sociales) determinaría la forma del prejuicio. Lo benigno caracterizaría la sensación de pertenencia y seguridad entre iguales; Lo maligno conlleva una convicción y una antipatía hacia el otro, con su pasaje al acto en sus extremos de deshumanización. 

Los factores que llevan a la malignización nos siguen desafiando, pues incluyen una compleja red de variables intrapsíquicas, intersubjetivas y socio-culturales. El psicoanálisis contribuyó a la discusión desde las nociones fundamentales de Freud para la comprensión de los mecanismos psíquicos inconscientes y sus trabajos más directamente relacionados al tema (Psicología de las masas y análisis de Yo; El Malestar en la Cultura). En estos últimos, Freud ya marcaba la estrecha relación entre los mecanismos individuales y los grupales, sin que por ello podamos pensar en una simple transposición de lo que acontece en el individuo, al grupo. El avance creciente en el estudio de los mecanismos primitivos del funcionamiento psíquico y la importancia de las primeras relaciones objetales aporta, también, algunos elementos para pensar sobre los obstáculos que pueden surgir en el pasaje de  un proceso de estructuración al otro, y donde se pone en evidencia la imposibilidad de reconocer y aceptar lo diferente sin que se vuelva una amenaza.

También queda cada vez más claro que el prejuicio nos enfrenta al problema de la transmisión transgeneracional y al peso de lo que es heredado, tanto desde el punto de vista familiar como cultural (donde la familia está inmersa). El prejuicio captura la red de significados e interpretaciones en la que el individuo nace y en la cual está ya inmerso. En ella existe una organización, una tradición y una cultura que lo determinan consciente e inconscientemente dificultando el pensamiento crítico. Es mucho más difícil revisar lo adquirido inconscientemente, aquello que le permite al individuo pertenecer a un grupo. Así, cualquier discusión sobre prejuicios requiere que tengamos presente los contextos socio-culturales como cortina de fondo. Respecto de esto, cabe interrogarnos sobre el incremento de las manifestaciones prejuiciosas en la actualidad. Atlan (1994), importante estudioso de la complejidad, destaca que el fracaso del ideal iluminista de la sustitución del paradigma religioso por la razón, se debe a que este fue usado como forma de control omnipotente sobre la naturaleza y sobre el hombre. Siguiendo esta línea, Atlan intenta diferenciar anti-razón, de ausencia de razón: en la anti-razón hay una lógica diferente, no racional (como es el caso de las experiencias estéticas); en la ausencia de razón encontramos un ataque a la lógica, un contra sentido embrutecedor. Pone de relieve lo que nosotros, psicoanalistas, conocemos muy directamente: el funcionamiento psíquico en sus dos registros, proceso primario y secundario, la indisociable relación entre ellos, y los obstáculos en la construcción de un sistema de pensamiento lógico reflexivo, no racionalizado. Estos procesos se ven siempre amenazados por la necesidad humana de buscar explicaciones definitivas, certezas, que den ilusión de seguridad. Reconocer las diferencias sin sentirnos amenazados por el otro diferente es siempre un desafío. En relación al prejuicio: en lugar de enfatizar el ‘somos todos iguales’, deberían destacarse las diferencias, y la importancia que tienen. 
 
¿Y nosotros, psicoanalistas? No somos meros observadores del mundo que nos rodea. Estamos sujetos a las mismas influencias del espacio transubjetivo, cultural y familiar. Podemos reconocer, por momentos,  este contexto compartido, pero no podemos tener una clara noción de cómo esto nos afecta más allá de lo consciente. Así, tanto en nuestro trabajo con pacientes, como en el contacto con colegas y en nuestras instituciones, estamos constantemente determinados por nuestros prejuicios. La necesidad de pertenecer y de sentirnos más seguros nos lleva a divisiones: lacanianos, kleinianos, etc.,y el miedo a lo nuevo puede hacer que nos aferremos a conceptos conocidos evitando con cierto desprecio aquello que no dominamos. 

Nuestras instituciones se ven afectadas de igual forma. Necesitamos de ellas para, nuevamente, sentir que pertenecemos a un grupo de iguales. Para eso, exageramos las semejanzas entre sus miembros. Dentro de las instituciones se repite el mismo proceso: sub-grupos que miran a otros sub-grupos prejuiciosamente; grupos que se sienten discriminados, etc. Si seguimos esta línea de pensamiento recorrida hasta ahora y que destaca la omnipresencia de los prejuicios veríamos en la formación de estructuras rígidas, cerradas al debate, y en la falta de progreso científico, su perjudicial efecto. Más allá de eso, no podemos olvidar que nuestras instituciones también se ven afectadas por factores externos a lo institucional, tales como tensiones socio-económicas, que favorecen la fragilización de la estructura grupal tornándola más propensa a albergar prejuicios con características malignas. 
 
Algunas consideraciones finales
La repetición, en cada individuo que nace, de esta misma trayectoria, que parte de la dependencia absoluta, de la necesidad de sentirse seguro a través del establecimiento de las diferencias entre conocido/desconocido, de los procesos de identificación con aspectos conscientes e inconscientes de los cuidadores, hace a los prejuicios inevitables y necesarios. Entre otras funciones, participan también en la formación del sentimiento de ‘pertenencia’. 

El interés en la comprensión de los procesos de malignización del prejuicio ha sido la tónica de los estudios actuales, involucrando varias áreas de la ciencia. El psicoanálisis se ha volcado al estudio de los procesos primarios que abarcan los procesos de formación del pensamiento y que tienen como determinantes las experiencias emocionales iniciales. El punto de encuentro  con los gatillos sociales se debe, entre otras cosas, a la vulnerabilidad humana ante situaciones de desamparo (individual o social), que incrementan la búsqueda de ilusiones omnipotentes de seguridad. 

La visión optimista de Freud, de que la civilización estaría progresando a través de los tiempos, no puede ser sostenida ni siquiera por él en sus últimos años (Freud, 1940). Pero si no queremos caer, solamente, en el más absoluto pesimismo acerca de la naturaleza humana, no parece haber otra alternativa que apostar a la razón. 
Es claro que nos referimos aquí a una determinada razón, no a racionalizaciones, no a una razón que se cree poderosa y omnipotente, pero sí a aquella que se construye a partir de una matriz de emoción y que se nutre permanentemente en el contacto con  procesos simétricos. 

Green (2001 [1972]) propone la idea de un proceso terciario, definido como la posibilidad de establecer asociaciones entre el proceso primario y el secundario, siendo la razón el resultado de este proceso y el emergente  de estas relaciones aquí mencionadas. 

El psicoanálisis continúa teniendo la función de auxiliar en la comprensión de estas lógicas diferentes que rigen nuestro psiquismo. La lógica que rige el proceso primario precisa ser revisada y explicitada una y otra vez, sin rendirse a la idea de que ella responde a fuerzas incontrolables y desorganizadas de la naturaleza humana. Es preciso, todavía, dejar clara la noción de que el proceso de civilización se reinicia con cada bebé que nace y que, así como la educación intenta ‘civilizar’ al pequeño salvaje, el establecimiento de leyes tiene la función de ‘civilizar’ a los grupos sociales. Leyes firmes y sensatas, no solo punitivas, como firmes y sensatos es necesario que sean  los límites  establecidos y ejercidos por los padres. Una nueva razón, menos idealizada, necesita ser buscada. En su libro, La Era de los Derechos, Bobbio (1992), importante filósofo y jurista, discute la búsqueda permanente de formas que garanticen, protejan y hagan cumplir los derechos humanos que, por ser históricos, nunca serán inamovibles. Destaca la importancia de estudiar el concepto de ‘tolerancia’, afirmando: ‘… la tolerancia debe extenderse a todos, excepto a aquellos que niegan el principio de la tolerancia o, … todos deben ser tolerados, excepto los intolerantes’ (p. 213).

Es probable que estemos hablando de utopías. Utopía tiene su origen en el griego ou-topos, sin lugar. Suele ser usado para remarcar, desde el desaliento, lo que no puede ser alcanzado. En la Utopía de More (1972 [1516]) el sin lugar está presentado más como un límite (en el sentido de una función matemática) hacia el cual se tiende, que como un objeto inalcanzable; más como una meta, a la cual debemos aproximarnos lo máximo posible. 

Por lo tanto, en este trabajo tratamos de utopías. Pero sin ellas, sin creer en posibilidades que en lo extremo sabemos imposibles, ¿cómo podemos ser psicoanalistas?
 
Referencias
Arendt, H. (1963). Eichman in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil. New York: The Viking Press.
Atlan, H. (1994). Com Razão ou Sem Ela: intercrítica da ciência e do Mito. Lisboa: Instituto Piaget, 1994.
Bobbio, N. (1992). A Era dos Direitos. Rio de Janeiro: Ed. Campus.
Freud, S. (1921). Psicologia de GrupoE.S.B. vol.XVIII. Rio de Janeiro: Imago, 1976.
Freud, S. (1930 ). Mal Estar na CivilizaçãoE.S.B. vol. XXI. Rio de Janeiro: Imago, 1975.
Freud, S. (1940). Esboço de Psicanálise. E.S.B. vol. 23. Rio de Janeiro: Imago, 1975.
Green, A. (2001 [1972]). De locuras privadas. Buenos Aires: Amorrortu.
Moro, T. (1972). Utopia. São Paulo: Abril Cultural, col. ‘ Os Pensadores’, vol.X.
Parens, H., Mahfouz, A., et al (eds.) (2007). The Future of Prejudice: Psychoanalysis and the Prevention of prejudice. Maryland: J. Aronson.

Traducción: María Mabel Levi
 

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