Creo que las dos tendencias psicodinámicas principales que están alimentando la política americana actualmente son: 1) el peligro psicológico del ‘otro’ en la medida que amenaza el ‘self’, y 2) el odio defensivo y la devaluación del ‘otro’ para proteger la integridad y cohesión del ‘self’. Se puede argumentar que estas defensas son una manifestación del narcisismo patológico. Por ejemplo, esto incluiría el odio entre Demócratas y Republicanos, el odio hacia las mujeres, el odio a los inmigrantes y minorías, como los negros, mejicanos, otros latinos, judíos, musulmanes, asiáticos, individuos LBGTQ y americanos nativos. Durante las últimas dos décadas, América ha experimentado una regresión narcisista hacia políticas e identidades tribales, culminando en la elección de un presidente con un posible desorden narcisista de la personalidad que sostiene una política centrada en sí misma, de Primero América, o ‘yo primero’. Muchas de las políticas del presidente Trump reflejan la clásica desconfianza narcisista de la dependencia, así como el rechazo de alianzas internacionales de protección, comercio y cambio climático, etcétera. Y su inclinación a actuar ‘por encima de la ley’, lo que condujo a su juicio político.
¿Cómo podemos explicar la guerra tribal entre Demócratas y Republicanos que ha resultado en la radical polarización y parálisis del congreso? Esta polarización puede ser rastreada hasta el presidente Bill Clinton y el estancamiento que siguió a la victoria de George W. Bush sobre Al Gore. Sospecho que la exitosa política de Clinton de compromiso con los republicanos puede haber sido el detonante de este estancamiento, porque implicaba una pérdida de la identidad política primordial de cada partido. Al entrar en la zona gris del compromiso, los partidos tienen que perder una pieza de su inequívoco self ideológico. Esta psicodinámica fue notablemente expresada en un artículo de opinión publicado en
Los Angeles Times en enero de 1999, titulado Odiando al político en el espejo.
En este artículo, yo estaba intrigado acerca de por qué Bill Clinton, el más conservador de todos los presidentes demócratas, había sido odiado tan virulentamente por los republicanos, aún más que los anteriores presidentes demócratas liberales. ¿No deberían los republicanos preferir a un demócrata con los valores similares a los suyos?
Clinton fue un centro derechista ‘Republicrat’, si ustedes quieren. El trató de privatizar la seguridad social, apoyó el globalismo del NAFTA, el que hasta la presidencia de Trump fue una plataforma republicana, estableció que las personas que recibían el seguro social trabajaran por el pago del mismo e incluso apoyó políticas de reducción de costos que privaron a las escuelas pobres para niños de su dinero para los almuerzos. Muchos demócratas odiaron a Clinton por estas políticas.
En ese artículo, yo explicaba la sorprendente intensidad del odio de los republicanos hacia Clinton a través del concepto de Freud de ‘narcisismo de las pequeñas diferencias’. En efecto, al implementar la agenda republicana, Clinton estaba apoderándose de su identidad política. Como esto parecía ser una amenaza existencial, yo argumentaba que los republicanos estaban motivados inconscientemente a destruir políticamente a Clinton para sobrevivir como partido. Sin embargo, luego de haber planteado el juicio político, aún deseaban comprometerse con su agenda conservadora para aprobar una legislación significativamente bipartidista y balancear el presupuesto. Clinton dejó la presidencia con un amplio superávit de dinero en el tesoro, no la deuda nacional de 21 trillones de dólares que continúa escalando hoy en día.
Luego de la victoria de George W. Bush sobre Al Gore, hubo una división del 50/50 en el congreso entre republicanos y demócratas. La cuestión más fuerte era si los partidos continuarían con su compromiso sobre lo positivo para el país, o si se encerrarían en enfrentamientos tribales. Para explorar este tema, escribí en el
Los Angeles Times un artículo titulado, El estado mental de América: saludable y dividido (Noviembre 26, 2000) en el que especulaba sobre las representaciones de los objetos internos de la psique demócrata comparada con la mente republicana.
Yo planteaba la hipótesis de que la visión acerca del gobierno del partido demócrata era equivalente a una figura materna poderosa y nutriente, que protege y cuida a los necesitados y oprimidos. En contraste, el ideal republicano encarnaba un padre fuerte que premiaba a la gente que tomaba responsabilidades sobre sus propias vidas y apoyaba la iniciativa de independencia. El gobierno ‘madre - pecho’ democrático satisfacía la necesidad básica humana de ser cuidado por un progenitor amoroso y tolerante, mientras que la figura paterna republicana completaba la necesidad de romper la dominación parental, tener control sobre su propia vida y lograr su propia fortuna.
Tomando una cita del artículo:
Psicológicamente, la necesidad humana básica de cuidado materno a menudo entra en conflicto con la necesidad de autonomía [...] En la arena política, los americanos tratan de resolver este conflicto personal votando al partido que representa sus necesidades internas más fuertes. Los americanos que tradicionalmente han tenido más necesidad de ayuda o cuidado – las mujeres, la clase obrera, las personas mayores, los discapacitados, los inmigrantes, ciertas minorías raciales y religiosas, gays, etc, y los americanos que los apoyan, están más inclinados a votar a los demócratas. Para estos votantes, ser liberal significa la generosidad de una estructura de gobierno protectora. En contraste, ven a los republicanos como insensibles, de corazón duro y codiciosos, un partido de los ricos y poderosos, que exigen al gobierno que apoye sus necesidades agresivas y egoístas (con frecuencia empresariales).
Para los demócratas liberales, con frecuencia lo conservador es igualado a dejar a los hambrientos y pobres sin el apoyo del gobierno a través de impuestos, pagando a los empleados el más bajo salario posible y beneficios de los que pueden prescindir, explotando a la ‘madre tierra’ con el objetivo de obtener ganancias, y arriesgando la violencia de las armas por la preferencia del macho por cazar. Ellos ven la posición republicana en contra del aborto como un deseo de arruinar la vida de una mujer a favor del derecho a la vida del feto, nuevamente apoyando los intereses vitales del ‘niño’ en contra de la ‘asesina’ autoridad materna.
En contraste con esto, los americanos que viven de acuerdo a una ética de independencia y que suscriben al derecho del individuo de controlar su propia vida, dinero y propiedad con una mínima interferencia, están más inclinados a votar por un partido republicano paternal. Para estos votantes, el gobierno representa una figura parental poderosa, controladora, un demonio necesario que amenaza en potencia la autonomía individual ‘robando’ el dinero ganado por medio de impuestos excesivos.
El ideal republicano de gobierno no infantiliza o consiente a la gente con limosnas, sino que requiere que sean responsables consigo mismos y apoya la iniciativa individual a través de reducción de impuestos. (Wolson, 2000)
Desafortunadamente, lo que se transparenta históricamente y lo que paraliza el gobierno americano en la actualidad es un punto muerto político. Como fue sugerido anteriormente, la zona de compromiso gris moderada y de centro, un estado de ambivalencia maduro, amenaza potencialmente la identidad política distintiva y explica por qué actualmente hay tan pocos republicanos moderados. Como los hermanos del medio, tienden a quedar perdidos en la mezcla, comparados con la atracción diferenciadora de los extremos polarizados, como el Republicano Tea Party y los Demócratas radicales como AOC y Bernie Sanders.
Sin embargo, el balance parece estar desplazándose en el partido demócrata, algunos de cuyos principales aspirantes a la presidencia son sólidamente de centro, como Joe Biden, Pete Buttigieg y Mike Bloomberg. Y muchos demócratas de centro ganaron la elección de 2018. Este regreso hacia el centro podría ser la reacción a las políticas polarizadas de la administración Trump. Parecería que la identidad política de un partido debe ser suficientemente fuerte como para arriesgar un compromiso ideológico sin que sea percibido como débil o fragmentado.
La amenaza existencial del ‘otro” se convirtió en una realidad aterradora en los ataques terroristas del 9/11. Con la integridad nacional de América en riesgo y un presidente con características narcisistas y vulnerable a la cabeza, George W. Bush y su administración reaccionaron con una grandiosidad defensiva, caracterizada por una ideología de América ‘
über alles’ (por sobre todos), y una política de guerra de predominancia unilateral. Si América se sentía amenazada, tenía el derecho de ir a la guerra contra cualquier país, sin aprobación internacional. Se pensaba que era cuestión de matar o ser matado. La administración Bush desconfiaba de la UN, NATO y las relaciones internacionales, temerosos de que si usted depende de otros países, lo explotarán, etcétera.
La misma mentalidad narcisista ha sido actuada hoy en día en la administración Trump con el asesinato preventivo del general iraní Qasem Soleimani, sin ninguna apreciación sobre la vulnerabilidad de Irán, militarmente y económicamente, en relación con América.
Esto es una amplificación del temor narcisista de Trump con respecto a los inmigrantes, el ‘otro’ extranjero que amenaza las fronteras de América, por ejemplo, sus fronteras del yo, y que alimenta un anhelo por una barrera impenetrable que pudiese fortalecer a los Estados Unidos frente a la explotación extranjera, retrayéndose a un ‘espléndido aislamiento’.
Freud tuvo una brillante explicación implícita acerca de por qué el odio hacia ‘el otro’ es endémico en la psique humana. En un artículo para el
Huffington Post (2008), escribí:
Comenzamos la vida en el útero, unidos a nuestra madre física y psicológicamente, compartiendo la nutrición y el oxígeno a través de la sangre [...] No hay diferencia entre nuestro mundo interno mental y el mundo físico externo. Cuando el cordón umbilical se corta, somos separados físicamente de la madre, pero aún estamos unidos a ella psicológicamente. Experimentamos todo, inclusive el mundo externo, como si fuera nuestro self. Sigmund Freud llamó a esto narcisismo primario.
Sin embargo, en el nacimiento, nuestro paraíso uterino es sacudido porque somos bombardeados por la luz, el hambre y el dolor – por primera vez. Experimentamos una estimulación de aversión, la primera representación del ‘otro’, como una amenaza frustrante a nuestra existencia y omnipotencia, y nos llenamos de rabia [...] Nuestro odio hacia el ‘otro’ continúa inconscientemente durante el desarrollo. En la primera etapa de nuestras vidas, idealizamos a nuestros padres como los mejores padres del mundo y reaccionamos hacia los extraños con rabia e inquietud [...] Odiar al ‘otro’ es una manera de proteger nuestra original y arcaica unión con el útero materno que inconscientemente todavía existe en nuestra vida mental.
El antídoto para nuestro odio hacia el ‘otro’ es la empatía [...] A través de la familiaridad empática, el temor y odio hacia el ‘otro” y las proyecciones tóxicas de ‘lo malo’ con frecuencia se diluyen al ver y amar al otro como nosotros y como parte de la familia humana’. (Wolson, 2017)
El punto muerto del congreso continuó en la administración del presidente Obama con el leader de la mayoría del Senado, Mitch McConnell cuando trataba de bloquear las iniciativas legislativas de Obama. Yo creo que la elección presidencial, a través del colegio electoral, de Donald Trump, un prejuicioso, narcisista y autoritario nacionalista blanco, y la regresión a políticas tribales y de identidad fueron un ‘azote blanco’, una defensa narcisista de la amenaza a la hegemonía masculina blanca, motivada especialmente por el aumento del carácter multicultural de América (Wolson, 2017).
Se puede argumentar que la victoria de Trump se precipitó por la presidencia de Barack Obama y la campaña de Hillary Clinton. En el caso de Hillary, la amenaza de una inteligente, positiva y ambiciosa mujer como la próxima presidente de América evocó una reacción revulsiva no sólo en los republicanos sino también en los demócratas, tanto hombres como mujeres. Prevaleció la misoginia nacional. La ‘otredad’ de Obama, Hillary y la amenaza multicultural creciente a la hegemonía masculina blanca resultó en una regresión narcisista hacia las identificaciones emocionales tribales y la degradación de la ética, la moral y la razón americanas.
Aun luego del juicio político a Trump, los republicanos votarán por un total apoyo a su agenda económica y social conservadora. Los católicos y los cristianos evangélicos apoyarán a Trump porque este nombrará una justicia socialmente conservadora, aún cuando estén votando en contra de sus valores religiosos, por un individuo no ético, inmoral y corrupto. En la medida que la cultura cristiana, heterosexual, masculina y blanca fue la mayoría en América, la ‘otredad’ de las minorías pudo ser tolerada. Pero cuando los negros, mexicanos, asiáticos, musulmanes, etc., comenzaron a vivir en comunidades que eran previamente y en forma exclusiva de americanos blancos, combinado con los efectos traumáticos de los atentados terroristas árabes contra nuestro país del 9/11, un ‘azote blanco’ auto protector aumentó repentinamente y se diseminó.
El presidente Barack Hussein Obama y la nominación de Hillary Clinton fueron las gotas que colmaron el vaso, augurando la sentencia de muerte de la hegemonía masculina blanca. La elección del presidente Donald Trump fue la encarnación concreta de esta regresión narcisista.
Por lo tanto, pareciera que el compromiso político para republicanos y demócratas amenaza con la pérdida del núcleo de la identidad ideológica de cada partido, lo que entonces dispara una regresión a una escisión primitiva, con el objeto de restaurar y fortalecer la identidad del partido. Mi esperanza es que en la medida que América se vuelva crecientemente multicultural y que la hegemonía masculina blanca se apague en la oscuridad, ambos partidos políticos adquieran suficiente auto cohesión e integridad para entrar en la zona gris de la colaboración sin necesidad de regresar al estancamiento tribal.
Referencias
Wolson, P. (January 24, 1999). Hating the Politician in the Mirror.
Los Angeles Times OPINION Section, M.
Wolson, P. (November 26, 2000). America’s State of Mind: Healthy and Divided.
Los Angeles Times OPINION Section, M.
Wolson, P. (October 16, 2009). America’s Racism: Hatred of ‘The Other’ in the 2008 Presidential Election. Huffington Post.
Wolson, P. (August 9, 2017). America’s ‘White-Lash’ and the Degradation of reason. Huffington Post.
Traducción: Irene Cusien